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La burbuja de ilusión de Occidente sobre Israel —y sobre sí mismo— finalmente está estallando

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06.05.2026

Durante décadas, dos narrativas irreconciliables sobre Israel y sus motivaciones han coexistido en paralelo.

Por un lado, la narrativa oficial occidental presenta a un valiente y asediado Estado «judío» de Israel, desesperado por alcanzar la paz con sus hostiles vecinos árabes. Incluso hoy en día, esa historia domina el panorama político, mediático y académico.

Una y otra vez, o al menos eso nos dicen, Israel ha tendido la mano a «los árabes», buscando su aceptación, pero siempre ha sido rechazado.

Un trasfondo en gran medida tácito sugiere que los regímenes supuestamente irracionales, sanguinarios y antisemitas de toda la región habrían completado la agenda exterminadora de los nazis de no ser por la protección humanitaria que Occidente brindó a una minoría vulnerable.

Una contranarrativa palestina, aceptada en gran parte del resto del mundo, es silenciada en Occidente como una «calumnia de sangre» antisemita.

Presenta a Israel como un estado supremacista étnico y altamente militarista, armado por EEUU y Europa, empeñado en la expansión, las expulsiones masivas y el robo de tierras.

Desde esta perspectiva, Occidente implantó a Israel como un puesto militar colonial, con el fin de someter a la población palestina nativa y aterrorizar a los Estados vecinos mediante demostraciones de fuerza implacables y abrumadoras.

Los palestinos no pueden alcanzar la paz ni ningún tipo de acuerdo, porque Israel solo busca la conquista, la dominación y la aniquilación. No hay término medio posible.

La prueba, señalan los palestinos, es la persistente negativa de Israel a definir sus fronteras. A medida que su poder militar ha crecido década tras década, han surgido agendas políticas cada vez más extremas, que exigen no solo la anexión por parte del régimen israelí de los últimos vestigios de los territorios palestinos que ocupa ilegalmente, sino también la expansión hacia estados vecinos como Líbano y Siria.

Aquí tenemos dos relatos contradictorios en los que cada bando se presenta como víctima del otro.

Dos años y medio después del inicio de una serie de guerras israelíes contra los pueblos de Gaza, Irán y Líbano, ¿cómo se mantienen estas dos perspectivas?

¿Acaso Israel parece un pacificador frustrado que se enfrenta a oponentes bárbaros, o un estado canalla cuya agresión durante décadas ha provocado la misma violencia de represalia que se utiliza para justificar su constante actividad bélica?

¿Es Israel un pequeño estado fortaleza, reacio a defenderse, o un aliado militar occidental tan embriagado de su propio poder que no puede limitar sus ambiciones territoriales, del mismo modo que un gran tiburón blanco no puede dejar de nadar?

Lo cierto es que los últimos 30 meses han puesto de manifiesto, de forma contundente, no solo lo que Israel siempre ha sido, sino también, por extensión, lo que nuestros propios estados occidentales aspiraban a lograr a través de su cliente predilecto en Oriente Medio.

En un momento de imprudencia el mes pasado, Christian Turner, el sucesor de Peter Mandelson como embajador británico en EEUU, dijo en voz alta lo que muchos pensaban. Washington, el centro imperial de Occidente, afirmó, no sentía una lealtad profunda hacia sus aliados, salvo por uno.

Sin saber que sus palabras estaban siendo grabadas, les dijo a un grupo de estudiantes visitantes: «Creo que probablemente hay un país que tiene una relación especial con EEUU, y ese es Israel».

Esa relación especial exige que la clase política y mediática de otros estados clientes de Washington, como Gran Bretaña, protejan a la Esparta de Occidente en Oriente Medio del escrutinio crítico.

Las atrocidades de Israel se han vuelto tan flagrantes que el gobierno británico anunció el mes pasado el cierre de la unidad del Ministerio de Asuntos Exteriores encargada de investigar los crímenes de guerra --alegando la necesidad de recortes-- para evitar que se expusiera aún más su complicidad en dichos crímenes.

Si el gobierno británico se niega a supervisar los crímenes de guerra de Israel, no esperen más de los medios de comunicación tradicionales.

Durante meses, el régimen de Netanyahu ha estado arrasando pueblo tras pueblo en el sur del Líbano, expulsando a cientos de miles de habitantes de las tierras que sus antepasados habían habitado durante milenios, y esto apenas preocupa a nuestros políticos y medios de comunicación.

Israel está destruyendo el suministro de agua de Gaza, como ya hizo anteriormente con los hospitales y el sistema de salud del pequeño enclave, lo que garantiza una mayor propagación de enfermedades, y nuestros políticos y medios de comunicación apenas tienen una palabra que decir al respecto.

Israel asesina a periodistas y personal de emergencias en Gaza y Líbano semana tras semana, mes tras mes, y esto apenas provoca la reacción de la clase política y mediática.

Israel declara "líneas amarillas " en Gaza y Líbano, demarcando fronteras ampliadas que formalizan el robo de tierras ajenas, y esto se convierte instantáneamente en la nueva normalidad.

Israel........

© La Haine