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Cien pasos de arcén

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03.08.2026

A mi padre lo vi plantar los triángulos de emergencia una sola vez, un mediodía de agosto de finales de los ochenta, en la cuneta de una nacional que hervía camino del pueblo. El coche había empezado a oler a embrague quemado, un olor dulzón y metálico que se pegaba al paladar como se pega el sabor de una moneda chupada en la infancia, y mi padre lo arrimó al arcén con la solemnidad del capitán que encalla su barco sin perder la gorra. Recuerdo el maletero abierto, las bolsas de playa apartadas a manotazos, el estuche de plástico naranja con su cierre de clac, y a aquel hombre en camisa de domingo alejándose por el arcén con un triángulo en la mano, muy derecho, mientras los camiones le pasaban tan cerca que la camisa se le inflaba y se le deshinchaba como una vela sin gobierno. Contamos los pasos desde el coche porque él los iba cantando en voz alta. «¡Cien justos!», gritó al plantarlo, como quien clava una pica.

Aquello era........

© La Gaceta