El instituto que no existía: Israel y la nueva industria para secuestrar el relato y desinformar en la era de la inteligencia artificial
La investigación sobre el Hanover Institute reveló mucho más que un falso centro de estudios que publicó 124 informes y más de 560.000 palabras en nueve días. Al seguir el dinero y descender hasta los registros de la Foreign Agents Registration Act (FARA, Ley de Registro de Agentes Extranjeros) del Departamento de Justicia de Estados Unidos aparece una arquitectura más profunda: contratistas vinculados a campañas financiadas por el Estado de Israel para estudiar audiencias, construir marcos narrativos, producir miles de variantes de contenidos, medir cambios de percepción, optimizar el posicionamiento de relatos y, en un contrato, procurar explícitamente determinados resultados de encuadre en conversaciones con sistemas GPT.
La pregunta ya no es solamente quién fabrica propaganda. Es quién intenta fabricar el paisaje documental que encontrará la inteligencia artificial cuando le preguntemos qué ocurrió.
El instituto que se puso corbata
Hanover hizo algo bastante más eficaz que mentir a gritos: se puso corbata, agregó notas al pie y se disfrazó de conocimiento.
El Hanover Institute for Public Policy apareció en Internet con todos los atributos visuales de un think tank —un centro de estudios o laboratorio de ideas— respetable: informes extensos, estadísticas, tablas, citas académicas y referencias al Banco Mundial, Naciones Unidas, Amnistía Internacional y documentos jurídicos. Trataba, además, exactamente los asuntos sobre los cuales el Estado de Israel enfrenta una disputa política, jurídica e histórica de primera magnitud: genocidio, apartheid, ocupación, hambre en Gaza, desplazamiento de palestinos, crímenes de guerra, antisemitismo y el poder político de organizaciones como AIPAC.
La investigación publicada por Jason Wilson en The Guardian el 26 de agosto de 2026 encontró, sin embargo, que detrás de aquella fachada académica no aparecía una entidad jurídica verificable, una dirección física, investigadores identificados ni autores firmando los estudios. Entre el 6 y el 14 de agosto, el supuesto instituto publicó 124 informes que sumaban más de 560.000 palabras. Sólo durante el 12 y el 13 de agosto produjo 73 documentos, casi 354.000 palabras en 48 horas. De los 124 títulos, 123 comenzaban con preguntas formuladas de manera extraordinariamente semejante a aquello que una persona escribiría en Google o preguntaría directamente a una inteligencia artificial.
Spanish Revolution reconstruyó posteriormente esta investigación para el público hispanohablante en el reportaje presentado por Patricia Salvador el 3 de septiembre: “Hanover Institute: cómo Israel está hackeando ChatGPT para engañarte”. El verbo “hackear” funciona allí como metáfora periodística. No existe evidencia de una intrusión informática en ChatGPT ni de una modificación clandestina de sus parámetros. Lo documentado es diferente y, precisamente por eso, puede resultar mucho más importante: intervenir deliberadamente el ecosistema de información del cual los sistemas generativos recuperan, jerarquizan o eventualmente aprenden contenidos.
Tampoco está demostrado que los 124 informes hayan sido escritos íntegramente por inteligencia artificial. El volumen y la velocidad son compatibles con un proceso automatizado o fuertemente asistido, pero esa inferencia no equivale a una prueba forense.
Y aquí aparece una paradoja incómoda: que no pueda demostrarse la automatización no vuelve tranquilizador el caso. Si no fue una máquina produciendo a semejante velocidad, entonces existió una infraestructura humana o híbrida, extraordinariamente organizada, capaz de generar medio millón de palabras en nueve días sobre algunos de los asuntos políticamente más sensibles del planeta.
El dilema no es entre una explicación alarmante y otra tranquilizadora. Es entre automatización industrial del relato o industrialización humana del relato.
Lo más sofisticado de Hanover no era la mentira frontal. Era la arquitectura de la duda.
The Guardian encontró un patrón mucho más fino. Cuando organizaciones de derechos humanos calificaban las acciones israelíes como apartheid o genocidio, determinados informes introducían repetidamente la advertencia de que todavía no existía una sentencia judicial definitiva. Las cifras de víctimas o de ayuda humanitaria eran acompañadas en numerosos documentos por reservas respecto de la parte que las proporcionaba. Y un estudio académico de 2022 sobre comentarios antisemitas publicados en páginas de Facebook de medios británicos, franceses y alemanes fue citado 454 veces en 88 informes, llegando a aparecer en textos sobre materias tan diferentes como el registro de tierras en los territorios ocupados, las expulsiones palestinas de 1948, el bloqueo de Gaza o el número de muertos.
Ésta es una forma de desinformación bastante más sofisticada que inventar un dato.
Un hecho puede ser verdadero y formar, sin embargo, parte de una construcción engañosa si es seleccionado, jerarquizado, descontextualizado o asociado sistemáticamente con otros elementos para producir determinada interpretación.
Es ‘framing’, encuadre: la estructura interpretativa que decide qué aparece en primer plano, qué queda relegado, dónde se introduce una duda, qué relación causal se sugiere y qué asociación se repite hasta que termina pareciendo natural.
No es necesario escribir “Israel no hizo esto” si se puede conseguir que cada aparición de “esto” venga rodeada de suficientes advertencias como para que el lector termine pensando que nada puede conocerse realmente.
Tampoco es necesario afirmar que toda crítica a Israel constituye antisemitismo. Puede bastar con introducir una y otra vez el antisemitismo dentro de discusiones cuya relación con aquel estudio resulta, siendo generosos, remota.
La propaganda burda exige adhesión.
La propaganda disfrazada de conocimiento ofrece prudencia.
Ésa es justamente su ventaja.
La investigación de Spanish Revolution permite entrar al caso. Para comprender su verdadera profundidad hay que abandonarla momentáneamente y descender desde los reportajes hasta las fuentes primarias.
Piro, Inc. aparece registrada ante FARA con el número 7732. FARA obliga a determinadas personas y organizaciones que actúan en Estados Unidos por cuenta de intereses extranjeros a declarar esa relación y determinadas actividades asociadas a ella.
El Exhibit A (Anexo A) presentado por Piro identifica a la Israel Government Advertising Agency, LaPam —Agencia Gubernamental de Publicidad de Israel— como la agencia gubernamental representada. Aparecen además los nombres de los funcionarios Eran Shayovitch y Guy Getz. El documento fue firmado por Daniel Rosenberg bajo pena de perjurio el 2 de junio de 2026. Documento: U.S. Department of Justice, FARA Registration No. 7732, Exhibit A, páginas 1 a 3 del PDF.
El Exhibit B (Anexo B) es todavía más claro. Identifica como principal extranjero a “Havas Media Germany GmbH on behalf of the Israel Government Advertising Agency (LaPam)” (“Havas Media Germany GmbH en representación de la Agencia Gubernamental de Publicidad de Israel [LaPam]”). El contrato está fechado el 30 de abril de 2026 y Piro declara que proporcionará “strategic communications and media relations services in connection with LaPam’s engagement on behalf of the State of Israel” (“servicios de comunicación estratégica y relaciones con los medios en relación con el encargo de LaPam en representación del Estado de Israel”). Documento: FARA No. 7732, Exhibit B, página 5 del PDF.
Después llega una declaración que elimina buena parte de los eufemismos posibles. El formulario pregunta si las actividades incluirán “political activities” (“actividades políticas”) conforme a FARA. Piro responde que sí y agrega: “Activities may include communications activities intended to influence the U.S. public” (“Las actividades pueden incluir acciones de comunicación destinadas a influir en el público estadounidense”). Documento: FARA No. 7732, Exhibit B, página 6 del PDF.
No es una caracterización de The Guardian. No es una interpretación de Spanish Revolution. No es un adjetivo mío. Es lo que la propia empresa declaró al Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Piro tiene la gentileza de explicar el método. Piro comercializa actualmente un servicio llamado AI Story Optimization, que puede traducirse como optimización de relatos para inteligencia artificial. Su propia publicidad corporativa resulta extraordinariamente útil para comprender qué significa. “The engineering gets you cited. The story makes you chosen” (“La ingeniería consigue que te citen. La historia consigue que te elijan”), afirma la compañía.
Luego explica el procedimiento. Piro dice cartografiar “every surface the models read” (“cada superficie que leen los modelos”): conversaciones de Reddit, transcripciones de YouTube, reseñas, páginas de medios, foros y sitios comparativos. Después clasifica esas fuentes según cuánto influyen realmente en aquello que los motores de IA dicen.
La siguiente fase consiste en crear contenidos “engineered for how LLMs evaluate credibility” (“diseñados teniendo en cuenta cómo los grandes modelos de lenguaje evalúan la credibilidad”). LLM significa Large Language Model, gran modelo de lenguaje: la familia tecnológica a la que pertenecen sistemas como ChatGPT, Claude o Gemini.
Y luego viene una frase particularmente reveladora. Piro dice que ese contenido puede desplegarse en el sitio del cliente o en “trusted third-party properties we build” (“propiedades de terceros de apariencia confiable que nosotros construimos”).
Finalmente se cierra el circuito: “We measure, revise, and re-earn it” (“Medimos, revisamos y volvemos a conseguirlo”), refiriéndose a la presencia en las respuestas y citas de los motores generativos.
Esto ya no es simplemente publicidad. Es ingeniería del entorno informativo.
Durante décadas, el SEO —Search Engine Optimization, optimización para motores de búsqueda— buscó conseguir que una página apareciera entre los primeros resultados de Google.
El GEO —Generative Engine Optimization, optimización para motores generativos— persigue algo diferente: aumentar........
