La figura de Andrés Nin en la Revolución Española
Andrés Nin fue el intelectual leninista más importante del periodo republicano y encabezaba el Partido Obrero de Unificación Marxista cuando los servicios secretos soviéticos lo asesinaron cumpliendo órdenes del “líder supremo”. Su escandalosa desaparición tuvo gran trascendencia allende las fronteras españolas, sobre todo en el ámbito de la izquierda europea, que comenzó a tomar seriamente en cuenta los métodos criminales del estalinismo. La causa de la República resultó perjudicada. Podríamos decir que el homicidio de Nin fue para la República la losa que fue el asesinato de García Lorca para el bando franquista. En el lado republicano su muerte significó un punto de inflexión en la influencia del Partido Comunista; puesto en fuera de juego el enemigo común -el proletariado anarquista- sus aliados de la víspera -republicanos, socialistas de la derecha y nacionalistas vascos y catalanes- comenzaron a tomar distancias y poner trabas a su progresión. Si el ascendiente comunista aumentaba, la suerte de Nin podía ser la de cualquiera que señalaran las marionetas de Stalin. De hecho, lo que pasó a Nin se convirtió en el trasfondo no declarado de todo movimiento político durante lo que quedó de guerra.
Nin trabajó de maestro, periodista, traductor, viajante de comercio y escritor, y militó de muy joven en las filas republicanas y socialistas, y llegando a presidir el Sindicato de Profesiones Liberales de la CNT. El momento decisivo en la vida y la trayectoria política de Andrés Nin fue su encuentro con la Revolución Rusa, que lo dejó subyugado. Había ido a Rusia como delegado de la CNT cuando fue seducido por la fría determinación de los bolcheviques a pesar de la persecución de cualquier organización ajena y a pesar del terror y el hambre que se enseñoreaban del país. No se sumó a la protesta que algunos delegados extranjeros emprendieron contra la persecución de los anarquistas. La sangrienta represión de los marinos de Kronstadt y del movimiento makhnovista tampoco le conmovieron. Permaneció en Rusia como alto funcionario de la Komintern y de la Internacional Sindical Roja además de miembro del partido y del soviet de Moscú, pero al implicarse en las luchas internas de partido al lado de Trotsky cayó en desgracia, acabando excluido del partido comunista, amenazado con prisión y expulsado de la URSS. Volvió a España cuando terminaba la dictadura de Primo de Rivera, muy dogmatizado, dispuesto a organizar con unos pocos colegas el auténtico partido marxista de la clase obrera mediante el ingreso en una Oposición de Izquierda creada en Bélgica por un grupo de emigrados españoles dentro de la ortodoxia trotsquista. Al final, logró fundar un partido minúsculo, la Izquierda Comunista de España, sin el menor peso en los acontecimientos coetáneos, pero con una fuerte actividad teórica, fiel al “método marxista de análisis de las situaciones objetivas”.
Nin afirmaba rotundamente que en España nunca había habido una revolución democratico-burguesa. La proclamación de la República no lo fue. Las contradicciones de la burguesía -y eso también lo decían los anarquistas- no tenían solución en el marco del capitalismo, por lo que la misión de los verdaderos comunistas, una vez disipadas las ilusiones democráticas, consistiría en empujar a los trabajadores a realizar la revolución –y de paso resolver el “problema catalán”- que ni la burguesía ni la pequeña burguesía eran capaces de hacer. Ningún otro partido ni ninguna central obrera podría llevar a buen puerto la tarea. El Partido Comunista oficial era un peón de Moscú sin visión política propia y la CNT, una pandilla de reformistas y aventureros. Sin “un partido comunista potente, cerebro y guía de la revolución”, sin........
