Elche, una ciudad que sabe convivir con su territorio
Vista panorámica de Elche. / ANTONIO AMORÓS
Cada 5 de junio, el Día Mundial del Medioambiente vuelve a poner sobre la mesa uno de los grandes debates de nuestro tiempo. Y quizá precisamente por eso conviene decir algo con claridad: el medioambiente necesita menos fanatismo y más gestión.
Este día es una celebración serena de aquello que merece ser querido, ensalzado y transmitido a quienes vendrán después, como una herencia permanente de generaciones felices que han demostrado que la vida crece cuando no hay miedo, ni negación absurda de la realidad que tenemos delante.
Últimamente tengo la sensación de que el debate ambiental se ha ido atrapando entre dos extremos inmóviles, tan mezquinos como estériles. En un ring aparecen en el rincón con calzón rojo quienes han convertido el medioambiente en un discurso de angustia permanente, de culpa y de pesimismo existencial, como si el futuro solo pudiera contemplarse desde el apocalipsis. Y por otro, vestidos de patriotas, los que reaccionan frente a ese alarmismo negando evidencias que cualquier territorio mediterráneo percibe ya con claridad.
No dejo de preguntarme si una sociedad sana puede construir algo positivo desde el miedo constante a hacerlo todo mal, o desde el rechazo a mirar la realidad de frente y ocultar la cabeza cual avestruz ante soluciones, que hoy más que nunca, están al alcance de nuestras manos.
Hoy nos sentimos orgullosos del trabajo realizado desde hace tiempo y así lo conmemoramos. Las celebraciones existen precisamente para recordar el valor de lo conseguido, para agradecer el esfuerzo acumulado de generaciones enteras y para reforzar el vínculo emocional con aquello que sentimos como propio.
Nadie viviría las fiestas de su pueblo anunciando cada día una catástrofe. Nadie hablaría de su patrona, de sus tradiciones o de su propia tierra desde el desprecio o desde la idea permanente de que todo está perdido. Pero tampoco tendría sentido celebrar aquello que amamos fingiendo que los problemas no existen o que el territorio no necesita ser cuidado, protegido y preparado para el futuro.
Creo, más bien, en una idea profundamente mediterránea y extraordinariamente vigente: que el verdadero equilibrio ambiental no nace de separar ciudad y naturaleza, campo y asfalto, verde y gris, sino de aprender a convivir de forma inteligente, respetuosa y duradera con nuestro entorno. Y si hay un lugar donde esa convivencia se ha construido durante siglos, ese es Elche.
Porque si algo........
