Vigo, la gestión imperfecta
Vista del edificio del Concello de Vigo / Pablo H. Gamarra
Cuando se consigue la firma electrónica en este mundo y uno se libra de acudir a las Administraciones para según qué cosas, la vida se vuelve más fácil y placentera. Sin embargo, puede suceder que te veas en la obligación de regresar a las cavernas, ya sea porque tienes que hacer una gestión para un familiar enfermo o porque, directamente, la Administración que corresponda carezca del servicio telemático concreto para la tarea.
Yo solo tenía que cambiar la dirección del domicilio de un familiar, y con mi poder notarial y todos los papeles listos me dirigí al ayuntamiento de mi querido Vigo. La silueta del edificio, ochentera y espantosa, ya debía de haberme advertido de que no me iba a encontrar con tecnología puntera precisamente. Cuando accedí al enorme zaguán, que ningún diseñador ha actualizado en eones de tiempo, dos personas en concreto me hicieron sospechar que la mañana no iba a ser fácil. Eran un hombre y una mujer: amables, serviciales, proactivos. Cada uno estaba haciendo guardia al lado de sendas máquinas que repartían números de espera, ya fueses con o sin cita previa. El único objetivo de estos dos funcionarios era explicar a todos los que llegaban cómo usar las máquinas y controlar el caos. Por tanto, si su presencia era necesaria, significaba que las dos maquinitas en cuestión no solo no debían de ser precisamente intuitivas, sino que resultaban insuficientes.
– Nada, tranquilo –hice un gesto de amable suficiencia–, si yo solo vengo al padrón, es una cosita de nada. Atienda, atienda usted –y señalé a una adorable ancianita–, a la que luego no le dieron número y resultó ser un Demogorgon de Stranger Things.
– ¿Al padrón, dice? –y miró el reloj–. – Uy, no.
– Que es tarde, que ya no hay número.
– Son las nueve y media de la mañana.
– Pero es que se dan números desde las ocho y media y son contados, porque si no imagínese, aquí toda la mañana.
Miré a mi alrededor y me fijé en la ventanilla del padrón. Extranjeros e inmigrantes copaban el espacio. Pregunté si era algo excepcional por algún motivo concreto, y el funcionario me miró como si yo hubiese acabado de aterrizar en el planeta y hubiese que explicarme qué eran el Sol y la Luna. Tras contarle los detalles de mi situación, me recomendó solicitar cita telefónica, aunque era probable que todavía me la diesen en un par de meses. Mi otra opción era la de apostarme allí a las ocho y media y probar suerte.
– Lo siento, el sistema es imperfecto –se disculpó–.
Me marché pensando que ya regresaría cuando la dirección de mi familiar fuese precisamente el espacio exterior, pero el destino es cruel y en menos de dos semanas tuve que realizar otro recado administrativo.
Mi familiar había vendido un inmueble y solo resultaba necesario tramitar el pago de la plusvalía. «Fácil», pensé. Si se trata de pagar, serán todo puertas abiertas. Me fui de nuevo al ayuntamiento, dispuesta a recuperar mi fe en la organización administrativa, cuando me detuvo una amable funcionaria de las que vigilaban las máquinas expendedoras de números.
– ¿A Plusvalías, dice que va?
– Hoy no puede ser, solo atienden tres días a la semana.
– Pero si es para pagar un impuesto. ¿Hasta eso es difícil ahora?
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Y lo sentía de verdad, por lo que no pude utilizar la rastrera treta de desahogarme ante ella, que no tenía ninguna culpa y que me animó incluso a interponer una queja. «No va a valer de nada», le dije. Y ella insistió en que, si no me quejaba, era como si prestase conformidad. Decidí entonces escribir este artículo, del que se desprende algo muy sencillo: si dos personas deben estar apostadas durante ocho horas al lado de máquinas, es que desde los despachos superiores ya saben que el organigrama no funciona y, por lo que yo sé, no hacen nada por solucionarlo. Lo de la plusvalía logré solucionarlo días después con un personal maravilloso, resolutivo y atento, que por desgracia ya se ha familiarizado con las quejas y enfados de los ciudadanos. La ciudad de las luces, de los conciertos en Castrelos y de los atardeceres frente a las Cíes también es, al final, la ciudad de la gestión imperfecta.
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