Una elección diseñada para la anarquía
A solo dos días de las elecciones, el Perú enfrenta uno de los procesos electorales más caóticos, desordenados y desconcertantes de su historia republicana. El ambiente electoral es un enigma envuelto en un misterio; una suerte de laberinto donde cada día aparece una sorpresa nueva, una encuesta contradictoria o un giro inesperado que desorienta al elector promedio. El tropel de postulantes —más de treinta aspirantes para la presidencia— convierte cualquier pronóstico en un ejercicio inútil, casi ridículo, porque la volatilidad del escenario supera cualquier capacidad de análisis. Pero el problema no es solo el número de candidatos. ¡Es la estructura misma del proceso! El ciudadano peruano se enfrenta este domingo a un ejercicio electoral que roza lo absurdo: una cédula de votación de 44 por 42 centímetros, prácticamente medio metro cuadrado, donde aparecen impresos 10,257 nombres de los candidatos. ¡Sí, diez mil doscientos cincuenta y siete! No existe antecedente comparable en ninguna democracia del planeta. ¡Ninguna! Tamaño despropósito convierte el acto de votar en una carrera de obstáculos, para una sociedad mayormente iletrada e informal. No solamente para el elector, que deberá navegar entre miles de nombres desconocidos para escoger presidente, vicepresidentes, diputados y senadores, sino para los miembros de mesa, los personeros, los observadores internacionales y los propios organismos electorales. ¿Cómo se contará, verificará y fiscalizará un proceso de esta magnitud sin caer en errores, confusiones, disputas interminables y/o componendas? La respuesta es evidente: con una enorme dificultad. ¡La oferta electoral es, sencillamente, inmanejable! Para la fórmula presidencial compiten 117 aspirantes entre titulares y vicepresidentes. Para el Senado, 3,354 candidatos disputan apenas 60 escaños. Y para la Cámara de Diputados, 6,162 postulantes buscan ocupar 130 curules. A ello se suman 624 candidatos al Parlamento Andino. El resultado es un menú electoral tan vasto y tan ridículo, que ningún ciudadano razonable podría procesarlo en su totalidad. Este escenario no es casualidad. Es el producto de un sistema pervertido que ha renunciado a filtrar, ordenar y, sobre todo, a elevar la calidad de la representación política. Un sistema que confunde pluralidad con descontrol, participación con saturación, democracia con anarquía. Y que, en lugar de fortalecer al elector, lo abruma, lo confunde y lo empuja a decidir a ciegas. ¡El riesgo es enorme! De este trance surgirá el próximo presidente, el siguiente Congreso y la nueva arquitectura política del país. Y lo harán en un contexto donde la información es nula, la calidad es infame y la confusión es absoluta. El elector llega al 12 de abril sin brújula, sin claridad y sin tiempo para procesar una oferta que ningún país serio habría permitido. ¡Perú merece un sistema electoral que ordene, no que desquicie! ¡Que seleccione, no que sature! ¡Que facilite el voto informado, no que lo convierta en un rompecabezas pérfidamente planeado para que siga la trampa! Este domingo, el Perú votará en medio del desconcierto. Del resultado dependerá si seguimos hundidos en el caos o si, finalmente, decidimos transformar nuestro nefasto sistema político en una digna república. ¡No una republiqueta, como ahora!
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