Sociedad civil catalana
Este martes salí de una conferencia en Via Laietana 30, es decir, en casa de Francesc Cambó, y me encontré con el Correllengua Agermanat: de repente, una multitud de gente con camisetas rojas y esteladas invadía la calle en dirección a El Born. Ya antes, bajando, me había topado con la protesta que periódicamente algunos activistas realizan frente a la comisaría de Via Laietana para reclamar su desaparición. Pero salir de las suntuosas dependencias de nuestro Rockefeller nacional, discutiendo con un experto sobre por qué el exceso de conservadurismo camboniano permitió a Francesc Macià machacarlo electoralmente (y también como símbolo patriótico), fue como si me llegara un olor familiar, alegre y primaveral, que llevaba demasiado tiempo sin sentir en la ciudad. Y eso venía después de leer sobre la alianza entre el Barça y Òmnium Cultural por Sant Jordi, que puede parecer un “faltaría más” pero que conviene dimensionar bien: dos estructuras cívicas masivas, con cientos de miles de socios (con diferencia, las mayoritarias en Catalunya) y con una capacidad de impacto social extraordinaria, ponen este año el foco en la lengua. Como en el caso de la carrera interurbana, sin aspavientos, sin retórica vacía: con acciones concretas, visibles, populares, con cooperación sana, con normalización real. Y, en el caso del Barça, con jugadores famosos dando la cara.
Como en tantas otras épocas de nuestra historia (y, especialmente, tras un gran trance político), lo que hacen las entidades conecta más con el país que lo que dicen hacer sus instituciones. Estamos acostumbrados a desconfiar de todo, e incluso de todos, de modo que la espiral maníaco-depresiva de algunos articulistas y tuiteros (a los que, por cierto, nunca se les exigen responsabilidades) encuentra un campo abonado para intentar arrastrarnos a su infertilidad crónica. Pero el país sigue avanzando, levantándose tras el terremoto, encontrando........
