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Españuña

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08.04.2026

Cuesta un montón imaginar cómo se las arreglaron Letonia, Estonia y Lituania para desgarrar las costuras mal cosidas de la poderosa URSS, a principios de los años noventa del siglo pasado, con sus declaraciones de independencia. Ahora, recién aterrizado de un viaje de liturgia turística a Riga, me doy cuenta del valor que tuvieron un país con sangre de horchata como Letonia y una capital bonita, pero aburrida hasta la extenuación, teniendo en cuenta que vengo de un país como España, donde la sangre es marca de raza, de fervores patrios y de fosas comunes cavadas en cunetas.

Como siempre, lo mejor del viaje fue la compañía de Meri, y de Xavi y Eli, una pareja capaz de hacer sonreír a las piedras, y, como buenos turistas, nos apuntamos a un free tour para seguir las huellas de un guía que estiró el chicle de las explicaciones a lo largo de dos horas paseando por el centro de Riga, que, si no llega a ser por mi incapacidad para situarme, diría que pasamos tres veces por los mismos sitios. Con una vez en la vida y dos pernoctaciones basta para conocer Riga, ciudad que recordaré siempre por haber visto —ataviado con una camiseta barcelonista vintage— el partido entre el equipo de Simeone y el Barça en un bar donde servían las bebidas calientes.  Solo dejando el ginger ale cinco minutos fuera, lo habrían servido debidamente congelado.

Pero, volviendo al free tour, me causó una especial ternura uno de los turistas que formaba parte de la comitiva. Era andaluz, de una racialidad inquebrantable, e iba acompañado de su mujer y de una pareja también de una racialidad resuelta. El turista singular cargaba una mochila de la que colgaba una cinta larga con la........

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