'Què dirà la gent'
Albert y yo nos conocimos hace más de cuarenta años. Nos presentó Cris Jolonch, o quizás fue Pau Arenós —no lo recuerdo bien— en las aulas de la Facultat d’Econòmiques de la Autònoma, donde estudiábamos exiliados los alumnos de Ciències de la Informació, y desde entonces hemos conservado una amistad, a pesar de pasar largas temporadas separados por cuestiones meramente de la vida. No nos vemos de Pascuas a Ramos, pero casi; un intervalo largo, pero lo suficientemente corto para no vernos más viejos cada vez que compartimos pasado, presente y futuro. La suma de las veces que he visto a Albert desde que nos conocimos me permite decir que, si no fuera por las fotografías, está igual que hace cuarenta años, gracias a la relatividad del tiempo. Y de todos los momentos compartidos, tengo uno muy bien conservado en la memoria. Al día siguiente de la noche en la que murió mi padre, varios amigos acudieron a casa de mi madre para hacernos compañía y compartir la angustia ante el callejón sin salida de repatriar un cuerpo caído en la sala de espera del aeropuerto de Bangkok. Un cuerpo propiedad de un forense anónimo y, quizás, torpe. En la sala de estar, Carmen Balcells dirigía las operaciones de la repatriación, bajo la atención de la familia, de Raimon y Annalisa y de Rafel Ribó y Teresa. Había otras personas que no consigo vislumbrar, pero sí recuerdo nítidamente a Cris, Pau y Albert.
A mí me gusta mucho que los amigos a los que quiero luzcan, y Albert lo acaba de hacer publicando Què dirà la gent, un libro maravillosamente costumbrista que lleva un título que solo se entiende si uno se adentra en las 184 páginas —Albert prefiere los........
