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¿Para qué pensar si tengo identidad?

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12.03.2026

Las redes sociales se volvieron el mejor lugar donde psicólogos sociales y antropólogos pueden hacer sus trabajos de campo. Una de las conclusiones que podrían sacar esos investigadores es que las ideas están desapareciendo. Las discusiones son bravas, pero solo hay intercambio de epítetos. Para refutar al otro simplemente hay que asignarle una mala identidad: facho o guerrillero, a conveniencia.

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Parece que en forma creciente reemplazamos el razonamiento por identificación con un grupo. Las creencias no son opiniones que se puedan discutir, o a veces cambiar, escuchando argumentos: vienen en ‘combo’ y son parte de la identidad. Jamás se renuncia a un mal argumento si es uno de los argumentos del grupo. Resulta preferible renunciar a los estándares que alguna vez tuvimos para juzgar las evidencias. No importa si las conclusiones son ciertas o falsas, sino cómo logramos defenderlas de una refutación ‘hostil’.

La sociedad se parece cada vez más a un estadio de fútbol. Hay en el centro una cancha con pocos jugadores y directores técnicos. Allá hay ideas, estrategias y algo de juego. El resto, las multitudes, estamos en las graderías y somos hinchas: azules, rojos, verdes o amarillos. Las graderías enfrentadas ven dos realidades diferentes, lo que para una es una falta, para la otra es una genialidad. Si le cobran una penalidad a nuestro equipo, la culpa es de los árbitros, que están parcializados, o del VAR, que usa algoritmos obsoletos.

Lo peor que puede pasar es que de pronto uno de la gradería disienta del juicio general. Es terrible, porque si bien los de la otra gradería son herejes a los que no se escucha y se odia intensamente, el propio que disiente es un apóstata, y no puede haber nada peor.

Dan Kahan, profesor en Ciencias políticas de la Universidad de Yale, propuso el concepto de “cognición protectora de la identidad”, que se refiere a la forma como los individuos procesan la información de manera que proteja su identidad social y cultural. Se observa cuando las creencias o los valores de una persona entran en conflicto con evidencias objetivas.

La defensa de la identidad lleva la resistencia activa a evidencias que contradigan sus supuestos.

Las personas tienden entonces a ‘interpretar’ la información de manera que refuerce su identidad, ya sea de género, clase, raza, religión, nacionalidad, ideología, o cualquier otra entre los miles de identidades y subidentidades en las que se ha fragmentado la sociedad humana en tiempos recientes. En mi juventud, no hace tanto, el ideal era la igualdad sin distinción de identidades, hoy es defender la propia en medio de una fragmentación infinita.

En discusiones políticas como las que nos ocupan estos días, la “cognición protectora de identidad” ejerce un papel. La defensa de la identidad lleva la resistencia activa a evidencias que contradigan sus supuestos. La evidencia científica, el conocimiento y la experticia son desestimados porque solo vale la lealtad.

Las personas en esta dinámica de defensa de su identidad perciben a los otros como enemigos; esto fomenta la mentalidad de ‘hinchas’ y conduce a conflictos de difícil solución, somos nosotros contra ellos. Las redes sociales amplifican la dinámica: cada uno sigue y escucha a los suyos, y cuando interactúa con ‘los otros’ es para atacarlos, nunca para escuchar.

En lugar de buscar un consenso basado en evidencias, las personas se polarizan, rompiendo toda comunicación y cualquier posible entendimiento entre grupos. Este fenómeno representa un desafío mayor para el diálogo y para las posibilidades de encontrar soluciones no violentas a desacuerdos, que son legítimos.

La pregunta del millón es cómo hace uno para no caer en eso. No hay vacunas, pero ayudaría mucho esforzarse en mantener la capacidad de escuchar y la humildad para tratar de entender lo que dice el otro.

@mwassermannl

(Lea todas las columnas de Moisés Wasserman en EL TIEMPO, aquí)


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