Mi vecino, el rinoceronte
Opinión Mi vecino, el rinoceronte
@angelferrero.bsky.social
En 1959 se estrenó Rinoceronte en la Düsseldorfer Schauspielhaus. Esta obra teatral de Eugène Ionesco es una conocida parábola sobre el fascismo, para la que el autor se inspiró en su propia experiencia personal al ver cómo sus amigos y sus conocidos, e incluso su padre, se adhirieron uno tras otro al movimiento fascista rumano de la Guardia de Hierro.
Al comienzo de la obra, los habitantes de un pequeño pueblo se sorprenden de la aparición de un rinoceronte en sus calles y discuten sobre las aparentes diferencias entre ellos a medida que ven otros (“De ninguna manera, no era el mismo rinoceronte. El primero tenía dos cuernos sobre la nariz, era un rinoceronte de Asia; éste de ahora, en cambio, sólo tenía uno, ¡era un rinoceronte de África!”).
Al cabo de poco tiempo, los protagonistas descubren que su mutliplicación se debe a una extraña enfermedad que los habitantes contraen –o eligen contraer– que los convierte en el animal. Los rinocerontes van de una parte al otro del municipio en estampida rompiendo cosas –una metáfora los desfiles fascistas– y hasta toman la radio, desde la que sólo se oyen sus bramidos. En el pueblo hay quien relativiza el fenómeno (“¿Y qué? Basta con procurar no pasar delante suyo. Por otra parte, tampoco hay tantos”). y hay quien lo contemporiza (“Seamos razonables, tenemos que encontrar un modus vivendi, no nos queda más remedio que entendernos con ellos”). Incluso algunos residentes de quienes nadie lo hubiese sospechado se convierten en rinocerontes. “¡Cómo quieres que no piense en ello!”, exclama Bérenger, el protagonista, en un momento de la obra, “¡Un tipo tan humano, gran defensor del humanismo! ¡Quién lo habría dicho! ¡Él, precisamente! Nos conocemos desde… desde siempre. Nunca habría podido imaginar que evolucionase de esta manera. ¡Estaba más seguro de él que de mí mismo!” Al final de la obra, Bérenger, el último habitante del pueblo que no se ha convertido en rinoceronte –también el más insospechado de todos–, dice que resistirá mientras busca su escopeta: “¡Me defenderé de todos! ¡Soy el último hombre y lo seré hasta el fin! ¡No capitularé!”
Ante la visión de cada vez más rinocerontes, la mayor parte de la izquierda ha reaccionado con indignación y rechazo, pero más bien pocas ganas de conocer
La actualidad de Rinoceronte no necesita demasiada explicación cuando vemos cómo a nuestro alrededor vecinos, familiares y conocidos parecen contagiarse de una forma mutada de esta misma epidemia. Ciertas expresiones que antes hubiesen sido anatema por su homofobia o racismo se deslizan en las conversaciones diarias, sin demasiada oposición por parte de otros interlocutores.
Mucho se ha hablado del “giro sociológico” a la derecha y de sus múltiples y debatidas causas como para volver sobre este asunto en este espacio. Las encuestas de intención de voto respaldan en cualquier caso la sospecha: desde hace meses muestran a un PP sólidamente por encima del 30% y capaz de formar coalición de gobierno con Vox frente a la caída del PSOE y la mucho más pronunciada de Sumar. Incluso Se Acabó La Fiesta (SALF), la formación ultra de Alvise Pérez, se cuela en los sondeos a escasas décimas de Podemos.
Culpar al PP, a Donald Trump, a Israel, a Rusia y a la “internacional reaccionaria” sirve para movilizar a los propios con un argumento ideológico más que otra cosa, pero éste se agota rápido en el resto de la población frente a la dura realidad social y económica de muchos votantes que, además de ser capaces ellos mismos de identificar a los culpables externos, esperan propuestas políticas que mejoren sus vidas. A nivel personal, servirá a algunos funcionarios de este gobierno para, eventualmente, buscarse una colocación en........
