La humanidad necesita un vallenato
En medio de una civilización que se acelera hasta perderse, que produce más de lo que comprende y comunica más de lo que siente, hay algo que se desvanece: la humanidad. No en el sentido biológico, sino en aquello más profundo que nos constituye. Porque no es lo mismo la persona que el ser humano.
La persona es una construcción: el rol, la máscara, el personaje que desempeñamos en el teatro social. Los griegos lo entendieron con una claridad que hoy parece lejana: la persona era la máscara del actor, aquello que permitía representar un papel ante los demás. En ese escenario, cada quien cumple una función, responde a expectativas y se ajusta a formas.
Pero el ser humano está por debajo de esa máscara. Es lo que queda cuando el papel se suspende: la emoción no calculada, la palabra que no busca convencer sino expresar. El ser humano no actúa: siente. Y, precisamente por eso, incomoda en un mundo que ha perfeccionado la apariencia, pero ha olvidado la profundidad.
La modernidad, especialmente en las grandes ciudades, ha elevado la persona a su máxima expresión. Todo es forma,........
