La primera y última palabra
A veces, mis queridos lectores, es difícil desarrollar hondura cuando solo nos movemos en la claridad. Estamos atravesando momentos en donde la palabra es usada como arma y nos obliga a muchos a refugiarnos y a los más imbéciles a salir ufanados a esparcir, vociferando y gritando, palabras que matan.
Intento no opinar ni escribir sobre política, el mal llamado arte de gobernar, pero considero necesario y no puedo callar ante lo que he percibido como una de las elecciones más violentas que ha tenido el país en los últimos tiempos, pues las palabras inyectadas de odio lanzadas de forma irresponsable por algunos candidatos han sido las armas que se riegan y entregan a un pueblo polarizado cada día más y cegado por muchos aspectos.
La Iglesia intenta desde su postura conciliadora calmar los ánimos exaltados de casi todo un país que está a punto de arder. La mayoría de los colombianos en vez de buscar un balde de agua e intentar apagar el fuego que ocasionan las palabras de otros, se afanan, al contrario, de cargar en los mismos más gasolina para........
