La vida offline
El 31 de diciembre de 2024, mientras medio planeta subía fotos con lentejuelas, abrazos y copas en alto, yo cerré todas mis redes sociales: Facebook, X, Instagram, TikTok, Threads, LinkedIn. Y no solo las cerré: borré las aplicaciones del teléfono. No confío en mi fuerza de voluntad; confío en el botón “eliminar”. No fue un arrebato místico ni una promesa de Año Nuevo después de la tercera copa de vino. Fue un experimento deliberado. Quería saber si seguía existiendo cuando nadie me veía. Recuperar tiempo para leer y escribir. Centrar la atención en el momento presente, en ese “aquí y ahora” que solemos citar más de lo que practicamos. Y comprobar, en definitiva, si todavía sabía estar solo.
Pensé que iba a extrañar a la gente. Extrañé el ruido. Los primeros días no sentí nostalgia por nadie en particular; sentí la corriente eléctrica de la información ausente. El impulso automático de desbloquear el teléfono para abrir una aplicación que ya no estaba. Ese reflejo pavloviano del pulgar, siempre listo para su ración de escándalo, ternura prefabricada o indignación con fecha de vencimiento. Descubrí en carne propia lo que alguien llamó el “espejismo de exclusión”: esa sensación........
