El Metro: miserias y bondades
Andar en Metro es un acto eminentemente social. En él se aprende más sobre cómo comportarse en la ciudad que en cualquier curso de ética o educación cívica.
Mi actitud en el Metro suele ser la de pelearme con el primero que se me cruce. No me siento orgulloso de ello, pero el Metro tiene unas estrictas reglas sociales escritas en ninguna parte que todos debemos respetar, y cuando alguien las incumple resulta imposible no tomárselo personal: ¿Si yo dejo bajar antes de subir, no debería usted —señora que se abalanza atropelladamente sobre un asiento— hacer lo mismo?
Claro que esta actitud reprochadora y moralizante transcurre solo en mi cabeza. Y creo no ser el único, ya que las pocas veces que la gente interactúa en el Metro suelen hacerlo con una cordialidad aplastante, generando un esquizofrénico quiebre entre la crispada actitud imperante y lo que sale de nuestras bocas; disculpas, explicaciones y palabras de buena crianza camuflan lo que hubiéramos querido decir. Quizás esto responda, como sentenció Andrés Bello, a que “el chileno aunque inmoral, es dócil”.
Mi actitud atrabiliaria emerge cuando ando apurado y por ende ansioso, que son las más de las veces que me subo al Metro. El hábito es irracional por donde se lo mire; se está tranquilo en la casa, se alarga un poco más el café, terminamos el capítulo de un libro o aprovechamos de........
