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Tic tac y la consecuencia del tiempo: si la vida es breve, carpe diem

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29.03.2026

“Aprender a morir es aprender a vivir”, decía Cicerón, filosofando perderemos el miedo a la muerte y, a fin de cuentas, ganaremos libertad en el presente. Séneca y Montaigne pensaban igual. 

Pasé unos días en la Ruta del Oro, al borde del mar. Todo allí alude al paso del tiempo. Por su costado rueda sin parar el agua de un río corpulento, que parece llevar de desperdicios de días, horas y minutos sin pasión que desembocan al océano. Sube y baja la marea, a intervalos predecibles, que inundan y limpian con buen cálculo las calles del pueblo. Las campanadas de la iglesia colonial frente a mi ventana sonaban sin cesar, a cada hora, y el tictac de una colección de relojes de pared enmudeció la sala, la mesa de granito grueso sin pulir en medio del jardín, la casa que habito que ya vive tres siglos.  Tic tac, tic tac, tic tac.

En mi columna anterior, Aprendiendo a morir se aprende a vivir, recordé que necesitamos perder el miedo a pensar y conversar sobre la muerte. Creo que nos hace muy bien ser más conscientes de nuestra mortalidad y fugacidad vital, enfrentarla con mayor naturalidad, resignación, libertad y alegría. Porque eso nos enseña y alienta a tener una vida más provechosa, serena, amigable y buena.

Es inevitable, todos vamos a morir y no sabemos cuándo. Conscientes del morir les sacaremos más jugo a los tuétanos del vivir, gozaremos más de cada instante. Si dejamos de sentir esta especie de “inmortalidad” inconsciente que nos nubla hoy, podría ayudarnos a ser conscientemente más humildes, empáticos y compasivos. Es lo mismo que muchas veces sentimos fugazmente ante la muerte y el funeral de alguien cercano. Pero se nos olvida pasada una semana.  

“Aprender a morir es aprender a vivir”, decía Cicerón, filosofando perderemos el miedo a la muerte y, a fin de cuentas, ganaremos........

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