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Diarios Inverosímiles: El Serafín Místico a la última rueda de la casta cotidiana -Parte 2-

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«Lo difícil se logra con esfuerzo…

…lo imposible con inteligencia»

“Un árbol torcido vive su propia vida, 

…pero uno recto se convierte en madera”

«La melancolía es un serafín oscuro que, al perder su luz, 

busca consuelo en su hermano menor: el silencio, 

para que el hombre pueda escucharse a sí mismo.»

La Primavera del Recuerdo

En los días de lucidez discontinua, Martín lleva a Carmina al Parque del Este. Al cruzar el umbral de la vieja Hacienda San José, el realismo mágico florece entre bucares y cristofués. Martín le susurra al oído a Carmina que las plantas de Burle Marx no son solo hojas, sino partituras verdes que el viento toca para ella.

—Mira, Mamá —le dice, señalando el Planetario Humboldt—. Ahí guardamos los recuerdos que se te escaparon de la cabeza. Están en las estrellas, esperando que las mires.

Carmina sonríe con una pureza seráfica. En ese instante, la enfermedad no es una tragedia, sino una metamorfosis. Ella ha regresado a la infancia del mundo, a la «Primavera» de la existencia donde las palabras no necesitan significado porque todo es asombro. El hijo, convertido en padre de su madre, entiende que el amor es el único milagro del mundo que no necesita ser desenterrado del fondo del mar.

La Lucha en la Cocina

La tarde cae y regresan al apartamento. La cocina se convierte en la «Taberna» de Orff: un espacio de caos, de olores enérgicos y de una realidad cruda. Martín lucha con las medicinas, con la dieta blanda y con los delirios de Carmina, quien a veces cree que está en la Abadía de Benediktbeuern discutiendo con monjes rebeldes sobre el precio del vino.

—¡Martín! —grita ella con una fuerza que evoca los coros de percusión de la ópera—. Dile al Maestro Abreu que los goliardos han entrado en la sala y se están robando las flores de la alfombra. 

Él no la contradice. En su casa, los goliardos son sombras afables. Él les sirve un vaso de agua y pide que se sienten. Martín aprendió que cuidar a un enfermo de déficit cognitivo es un acto de paciencia goliardesco, reír frente a la desdicha, cantar himnos sacros mientras se limpia el suelo, y encontrar lo divino en el cansancio más mundano.

Por la noche, el silencio se instala. Es el momento de la «Corte de Amor«, pero no el de la sensualidad carnal, sino el del amor devocional, el de San Juan de Dios que Martín investigó de niño. Él le cepilla el cabello blanco, que brilla como la plata de las minas del Rey Salomón. En este ritual, Carmina vuelve a ser la niña y él su noble paje. Ya no hay jerarquías de edad; solo dos almas en un diálogo místico que no necesita de la razón..

—¿Quién eres tú? —pregunta ella, con la voz suave de quien ve a un ángel.

—Soy tu hermano menor, tu serafín y tu hijo —responde él, besándole la frente.

La rueda remata su giro. Martín se acuesta sabiendo que mañana ella habrá olvidado este momento, pero que el universo lo recordará por ella. La vida de Carmina, al igual que la obra de Orff, termina como empezó: con el golpe seco y poderoso del destino. 

Sin embargo, en el realismo mágico del instinto de Martín, mamá no está huyendo; se está convirtiendo en paisaje, en nota sostenida de flauta pícara que resuena eterna entre las columnas del Mausoleo de Halicarnaso y los senderos del Parque del Este.

La reunión de los tres hermanos no es un evento social, sino una liturgia. El tiempo, ese tuno caprichoso, los ha citado en la antigua sala de la casa, donde el piano del Dr. Abreu guarda silencio bajo un manto de partituras amarillentas.

El primogénito, Santiago, llega con el paso pesado de quien carga el mundo en sus hombros; es un hombre de leyes, de estructuras rígidas, el Mausoleo de Halicarnaso de la familia. El segundo, Andrés, entra con la ligereza de un humo de tabaco; es músico como el padrastro, un Coloso de Rodas que se tambalea entre giras y bohemia. Y allí está Martín, el menor, el serafín que se quedó en tierra para cuidar el faro que se apaga.

Al verse, la Rueda de la Fortuna chirría. Se miran y ven en el rostro del otro las ruinas de la niñez. No se abrazan de inmediato; primero miden el espacio, como si la enfermedad de Carmina fuera un abismo que temen atravesar.

El Despertar de la Culpa

—Huele a hospital y a sándalo —dice Santiago, abriendo las ventanas que dan a La Floresta.

—Huele a madre, Santiago -replica Martín con una calma que desarma-. A la madre que tú ya no reconoces porque no tiene forma de decreto. Andrés se sienta al piano y toca una nota al azar, un Do sostenido que vibra como un latido.

—En mis conciertos, a veces cierro los ojos y veo a Mamá conduciendo el Mercedes azabache —susurra Andrés—. Siento que el ritmo de Carmina Burana es el único idioma en el que todavía puedo hablar con ella. Ella es el ritmo, nosotros somos la melodía que se pierde. La primavera de su infancia, la de los desayunos de yogurt y cereales, florece por un segundo en la memoria compartida, pero es una primavera herida por el presente.

El Choque de Realidades

La conversación se torna In Taberna: visceral, cruda, sin filtro. Santiago saca carpetas con presupuestos de clínicas y expertos; para él, la madre es un caso que debe ser tratado con la eficiencia de una Maravilla del Mundo Antiguo.

—Hay que internarla, Martín. Esto te está consumiendo. Eres el hermano menor, no un mártir de San Juan de Dios —sentencia Santiago, golpeando la mesa.

—Lo que tú llamas consumo, yo lo llamo Gracia —responde Martín, y sus ojos brillan con el misticismo del Parque del Este—. Tú quieres orden, Andrés quiere música, pero ella necesita presencia. Ella ya no sabe quién es la profesora Bello, ni dónde están los Jardines de Babilonia, pero sabe cuándo mi mano toca la suya. 

El conflicto estalla como la percusión de Orff. Es el hombre de la lógica contra el hombre de la fe, mientras el músico observa, cómo el silencio entre sus hermanos es la nota más alta de la tarde.

La Epifanía del Afecto

De pronto, desde la habitación del fondo, llega un canto tenue. Es Carmina. No canta palabras, canta una vocal pura, una «A» que parece un suspiro del Faro de Alejandría. Los tres hermanos se detienen. El odio y las diferencias se disuelven en la Corte de Amor filial. Transitan hacia su cuarto. Ella está sentada frente al ventanal, mirando hacia el Ávila.

—Miren -dice ella, sin darse vuelta-, los vagabundos están plantando café en el cielo.

Santiago se quiebra. El hombre de leyes cae de rodillas y apoya la cabeza en el regazo de la madre que ya no lo reconoce. Andrés se acerca y le toma la mano izquierda, mientras Martín, desde la puerta, observa como el serafín que custodia el umbral. En ese momento, la enfermedad no es una epistémica crueldad, sino el hilo que los vuelve a entretejer.

El Cierre del Círculo El Libro del Serafín: La Séptima Maravilla y el Goliardo Eterno

La noche cae sobre Caracas. Los hermanos entienden que la Fortuna los ha traído de vuelta al mismo punto: al desayuno de la infancia, pero ahora ellos son los proveedores del sustento anímico. Santiago pagará los galenos, Andrés le cantará las penas y Martín seguirá siendo el puente entre lo terrenal y lo divino. La rueda sigue girando, pero ya no los aplasta; ahora ellos corren con ella.

Veinte años han transcurrido desde que la Rueda de la Fortuna se detuvo en aquel apartamento, y hoy, un Martín de sienes plateadas se sienta frente a una ventana que mira, no al Ávila, sino al Mediterráneo, buscando en la lejanía los restos de la pirámide sumergida que la profesora Bello aludió una mañana de sándwich de pavo y yogurt. Sobre su escritorio no hay esquemas de Power Point, sino un manuscrito encuadernado en cuero azabache, como el viejo Mercedes de su madre. El título, grabado en letras doradas que parecen latir con la percusión de Orff, reza: El menor de los hermanos.

El relato inicia con el O Fortuna de su propia existencia, contando cómo el hado, ese tuno impredecible, lo transformó de un niño inquieto en el guardián de una divinidad que perdía la memoria. Martín escribe con la cadencia de la primavera, recordando el olor de los cafetos de la Hacienda San José y el Toque Místico de Burle Marx, alcanzando finalmente que su madre no padecía un padecimiento, sino que estaba ejecutando un ascenso seráfico, despojándose de lo terrenal para convertirse en puro símbolo.

En los títulos centrales, marcados por el ritmo furioso de In Taberna, Martín describe la lucha cruda contra el olvido, las discusiones con sus hermanos Santiago y Andrés, y cómo la cocina de su hogar se convirtió en un altar donde lo profano de las medicinas se mezclaba con lo sagrado de la paciencia. Narra con realismo mágico cómo, en las noches de crisis, San Juan de Dios bajaba de los retratos del siglo XVI para ayudarlo a mover la silla de ruedas, que para la sazón no era un mueble, sino un navío fenicio surcando las alfombras del pasillo.

El clímax de la obra llega con la Corte de Amor, donde Martín revela el secreto que descubrió al cuidar a Carmina: que las Siete Maravillas del Mundo no eran monumentos distantes de piedra y bronce, sino los siete sentidos con los que su madre percibía el amor cuando no recordaba los nombres. El libro cierra con el cumplimiento del encargo diferido de moral y cívica; no es un saldo escolar, es un testamento de la humanidad. Martín firma la última página mientras oye a lo lejos el eco de una cantata escénica, sabiendo que, aunque la rueda siga girando y la memoria sea frágil como el Faro de Alejandría bajo una tormenta, él ha logrado lo que el Dr. Abreu adivinó: tratar al serafín con la franqueza de un hermano y descubrir en la lasitud de su mamá la luz eterna de una maravilla que nunca será olvidada.

Marcantonio Faillace Carreño

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