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Diarios Insulares: Apostillas al Eneas Neoespartano

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13.07.2026

Dedicado a los 300 Eneas Descendientes

«La historia es una ola que rompe contra el muelle y no deja más que espuma y nombres olvidados. Eneas no traía coronas en sus barcos de madera, traía el peso de los que no tienen tierra. Las luces que parpadean en la costa no son faros para el comercio; son las almas de Troya que, cansadas de arder en la memoria, aprendieron a flotar sobre el agua oscura como luciérnagas del exilio.»

 Derek Walcott (Premio Nobel 1992)

«Digo yo que los imperios se fundan siempre con los pies mojados y los ojos llenos de sal, porque la patria, bien mirado, no es el suelo que se pisa sino el barco que te salva del incendio. Esos mitos que vemos sentados en el muelle no esperan que regrese el pasado, simplemente contemplan las luces de la costa y se preguntan, con una tristeza muy humana, si valió la pena cambiar una casa de ceniza por una eternidad de piedra.»

José Saramago (Premio Nobel 1998)

«Hay una fidelidad casi sagrada en el acto de mirar el mar al anochecer, una costura invisible que une el hierro de las viejas armaduras con la madera de los botes actuales. El espíritu del navegante no busca la gloria de las batallas, sino el instante en que el olivo arraiga en la nueva orilla. Mientras las luces de la penumbra parpadeen, el viaje de Eneas continuará repitiéndose en cada hombre que busca su propio norte en la oscuridad.» 

Seamus Heaney (Premio Nobel 1995)

«Al final, sobrevivimos a la destrucción no para construir ciudades, sino para aprender a mirar la luz del sol sin el humo de la guerra. Nos sentamos junto al agua, desarmados, despojados de dioses y de imperios, reducidos apenas a un cuerpo que respira frente a la inmensidad. El drama no es el viaje largo; es descubrir que la orilla a la que llegamos siempre estuvo esperándonos dentro, parpadeando en el límite exacto donde termina la noche.»

Louise Glück (Premio Nobel 2020)

El Eneas Insular: Presencia, Memoria, Raíz y la Estirpe del Oriente

Si usamos el sentido común, uno termina siendo más de donde está, que de donde viene. No descubro el agua tibia al constatar algo que nos salta a la vista: la vida es, ante todo, presencia y vivencia, mucho más que pura mención. Y sin embargo, es esa misma mención o memoria la que sostiene lo actual; sin ella, la actualidad pierde esencia o, al menos, la mejor versión de sí misma.

Hoy, herederos lejanos de aquel Eneas troyano que huyó de las cenizas para fundar un nuevo hogar, nos descubrimos como un Eneas neoespartano y oriental: una feliz coincidencia nominativa y una etiología común que nos rescata de ser solo náufragos perdidos en la geografía del mundo. Los Eneas locales, los de nuestra costa e islas, no son abundantes, pero poseen la rara virtud de fundar nobleza donde sea que encallen sus barcos y hacerla florecer en la piedra.

Ese brío fundacional, esa capacidad de sembrar virtud en la desgracia, no ha sido un hecho aislado; ha sido el sello indeleble de los prójimos que formaron el alma del Oriente venezolano en los últimos 2 siglos. Hombres que, en lugar de armaduras oxidadas, usaron el intelecto, la palabra y la ciencia para levantar faros en la penumbra republicana.

Mirar el mapa de nuestra identidad es tropezar, inevitablemente, con la huella colosal de Luis Beltrán Prieto Figueroa, el entrañable «Orejón«. Desde La Asunción, revolucionó el continente entero con su tesis del Estado Docente, recordándonos que la educación es el único barco capaz de salvarnos de la barbarie. Fundador del INCE y de la Federación Venezolana de Maestros, Prieto Figueroa entendió que la verdadera libertad se cultiva en el aula y en el taller de........

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