El microhistoriador Carlo Ginzburg fallece a los 87 años
La microhistoria italiana tuvo sus rutilantes inicios con la publicación en 1976 de una extraordinaria obra por el historiador judeo italiano Carlo Ginzburg (Turín,1939- Bolonia, 2026) llamada de manera curiosa y atractiva El queso y los gusanos, en la que narra la historia de un molinero del siglo XVI llamado Menocchio, que fue procesado y quemado vivo por la Inquisición. Este autor y su equipo de investigadores debieron vencer enormes obstáculos para escribir la historia de un hombre común y corriente que la historiografía tradicional habría olvidado, pues lo normal es poner de relieve las grandes personalidades de la historia. Rescata para el presente un juicio que se le levantó al este humilde hombre, que sin embargo sabía leer y escribir, por sostener ideas contrarias a las que había impuesto la Iglesia Católica, tales como que Dios no creó el mundo, sino que se originó de un caos inicial del cual surgió una masa, como un queso, de la cual nacieron como gusanos los ángeles y el mismo Dios. El mundo surgió de una putrefacción, idea que el molinero intenta comunicar a sus vecinos. Una apuesta de Ginzburg por lo singular antes que por las grandes narrativas abstractas.
Ginzburg llama a tales ideas “cultura de las clases subalternas”, lo cual supone un cambio radical en la escala de la investigación histórica. Hasta ese momento se veía al pasado con un instrumento: el telescopio, cuando de lo que se trata es de mirarlo con lupa. De eso se trata el cambio de escala que subrayan los microhistoriadores italianos, microhistoria que no debe confundirse con la microhistoria mexicana de Luis González González o la historia local que hace furor en los días de hoy en Venezuela Bolivariana. El aporte revolucionario de los micros italianos reside en abandonar totalmente las explicaciones que oponen lo........
