El acecho no es ligar
En medio del ruido de redes, la discusión sobre la llamada “Ley Valeria” se desvió por completo. Hoy hay quienes afirman que esta ley convierte en delito mirar a alguien, invitar a salir o intentar iniciar una conversación. Aseguran que ahora “ligar” puede llevarte a prisión.
Esto es falso, pero tampoco es casual que esa narrativa haya prendido. Hablar de límites en una sociedad que durante mucho tiempo normalizó cruzarlos es incómodo. Insistir fue visto como interés; persistir como romanticismo y no aceptar un “no” como una muestra de carácter. Se construyó una cultura alrededor de la idea de que si alguien no responde, hay que intentar más.
A diferencia de lo que señalan algunos detractores de la reforma, el delito de acecho no tiene que ver con una interacción aislada. No es una mirada, un intento de acercamiento o una conversación más.
El acecho es una conducta reiterada, insistente y no deseada que invade la vida de una persona hasta quitarle la paz. Consiste en seguimiento constante, mensajes persistentes, vigilancia e intromisión en lo privado -y muchas veces también en lo profesional- de alguien más. Eso no es ligar, es otra cosa.
Durante años, en México, esa “otra cosa” no tenía nombre legal. Si alguien te escribía todos los días sin que respondieras, si aparecía en los lugares que frecuentabas, si te vigilaba o buscaba contacto de forma obsesiva, la respuesta de los Ministerios Públicos era simple: mientras no haya agresión física o una amenaza directa, no hay delito. No hay delito, aun y cuando aquellas conductas producen intranquilidad, miedo y la necesidad de alterar tus rutinas para evitar ese contacto.
Eso fue lo que vivió Valeria Macías, profesora e impulsora de esta ley durante ocho años. Ocho años en los que pidió ayuda y no la obtuvo, en los que el sistema le dijo que su caso no era suficiente para proceder contra su agresor.
Por eso esta ley importa y no debe confundirse, porque intenta llenar un vacío que dejó a miles de personas sin protección frente a una forma de violencia que no siempre es visible, pero sí profundamente invasiva. Países como Bélgica, Países Bajos o Estados Unidos reconocen desde hace años que la persecución persistente es una forma de violencia. No esperan a que haya un daño físico para intervenir. Y gracias al activismo de Valeria Macías, hoy el acecho ya es delito en diez entidades del país.
Ahora bien, hay algo que también debe aclararse. Si bien se estima que la reforma ayudaría a reducir los feminicidios en México hasta en un 70%, ya que evitaría que la persecución constante escale en violencias mayores, el acecho no es un delito exclusivo de hombres contra mujeres. Es un delito de conductas. Aplica para quien lo comete y protege a quien lo sufre, sin importar el género.
Ahí están múltiples casos documentados en otros países y también en la cultura popular reciente donde las mujeres han sido perpetradoras de conductas de acecho. La serie Baby Reindeer lo puso en el centro de la conversación global: una historia incómoda que rompe la narrativa simplista de quién puede ejercer este tipo de violencia.
Quien afirma que esta ley permitirá abusos generalizados parte de una premisa equivocada, que hoy denunciar es fácil y sancionar es inmediato. La realidad es la opuesta. Las víctimas enfrentan barreras enormes para ser escuchadas. Y esa ha sido, precisamente, la razón de fondo para legislar.
Por supuesto que toda ley debe ser clara, precisa y evitar ambigüedades. Ese es un debate válido y creo, la discusión pendiente en el Senado de la República puede ayudar a este objetivo, pero no se puede construir ese debate desde la desinformación.
La discusión no debería ser si ahora se volvió delito “ligar”, es si vamos a seguir esperando a que la violencia escale para actuar o si por fin estamos dispuestos a reconocerla desde su origen.
POR IRAÍS REYES DE LA TORRE
DIPUTADA FEDERAL DE MOVIMIENTO CIUDADANO
