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Corte celestial

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22.02.2026

En distintos puntos de Estados Unidos, las iglesias católicas están recuperando una palabra antigua que parecía reservada a los libros de historia: santuario. No como metáfora, sino como práctica concreta. Ante el incremento de operativos migratorios y el temor creciente en comunidades enteras, templos y parroquias se están convirtiendo en espacios de resguardo, orientación y acompañamiento. Allí donde muchos sienten que el Estado llega con fuerza coercitiva, la Iglesia responde con presencia pastoral.

El fenómeno no es nuevo, pero sí adquiere una intensidad particular en el contexto actual. La preparación de espacios privados, la capacitación sobre derechos constitucionales y la organización comunitaria muestran que las parroquias no se limitan a celebrar sacramentos: asumen un papel activo en la defensa de la dignidad humana. Cuando una iglesia decide que sus muros serán refugio para quien teme una detención, está enviando un mensaje moral que trasciende la coyuntura política.

La Iglesia católica, con su estructura territorial y su arraigo en barrios de todo el país, se ha convertido en una de las pocas instituciones con capacidad real de tejer redes de protección. En tiempos de polarización y desconfianza hacia muchas instancias públicas, las parroquias siguen siendo puntos de encuentro donde convergen generaciones, nacionalidades y clases sociales. Esa capilaridad le otorga un peso específico que otras organizaciones no siempre pueden igualar.

No se trata de confrontar por confrontar, ni de asumir una postura partidista. Se trata de recordar principios fundamentales: la inviolabilidad de la persona, el derecho a un debido proceso, la centralidad de la familia. Cuando líderes religiosos invocan garantías constitucionales o exigen órdenes judiciales válidas antes de permitir el acceso a ciertos espacios, no están desafiando el Estado de derecho; están apelando a él.

En este escenario, la Iglesia católica parece haber comprendido que su credibilidad se juega en el terreno de los hechos. Las homilías sobre compasión cobran un significado distinto cuando van acompañadas de acciones concretas para proteger a los más vulnerables. La coherencia entre discurso y práctica es, quizás, lo que explica por qué muchas comunidades migrantes encuentran en la parroquia un lugar donde todavía se sienten vistas y escuchadas.

También es significativo que esta labor no se limite a lo estrictamente religioso. Talleres de “conozca sus derechos”, redes de comunicación vecinal y acompañamiento legal muestran una Iglesia que entiende la fe como compromiso social. En un clima donde la división y la discriminación marcan el debate público, estas iniciativas encarnan una propuesta alternativa: la de una comunidad que se organiza para cuidar.

El riesgo, por supuesto, es que estos espacios se conviertan en los últimos bastiones de protección ante un entorno cada vez más hostil. Si la defensa de la dignidad humana recae casi exclusivamente en instituciones religiosas, ello revela vacíos preocupantes en otras esferas. Sin embargo, mientras esos vacíos persistan, la presencia de la Iglesia como refugio tangible representa una luz en medio de la incertidumbre.

En última instancia, el papel que hoy están asumiendo muchas iglesias católicas habla de algo más profundo que la política migratoria. Habla de la necesidad de instituciones que recuerden, en medio del ruido y la confrontación, que ninguna persona pierde su valor por su estatus migratorio. En tiempos de embates y temores, convertirse en santuario no es solo un gesto simbólico; es una afirmación concreta de que la dignidad humana no se negocia.

AETCHEVERRYARANDA@GMAIL.COM   


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