México abre los brazos como casi ningún país en el mundo, y no lo sabe
Por Hannah Töpler, fundadora y CEO de Intrare
Cuando emigras, más allá de los trámites y los sellos, hay una pregunta que te acompaña y te da miedo: ¿Este lugar me va a hacer un espacio? A mí me tomó muy poco descubrir la respuesta de México.
Soy una migrante privilegiada. Llegué a México desde Alemania hace más de nueve años. Muchas cosas fueron fáciles: vine por voluntad propia, con un pasaporte que me abría las puertas y con la tranquilidad de saber que, si todo salía mal, podía volver. Al trabajar con miles de personas refugiadas y migrantes, he pensado lo diferente que hubiera sido vivir la travesía de tener que escapar de algo. Y a la vez, he pensado cuánto empatizo, porque yo también viví miedo e incertidumbre de poder encajar en México.
Durante años trabajé con organismos internacionales, redactando informes y discutiendo la vida de personas a las que nunca les había visto la cara. Un día dejó de tener sentido decidir sobre gente que solo conocía en papel. Quise dejar de mirar la realidad desde lejos y vivirla. Nunca había pisado México antes, pero encontré una oportunidad aquí.
Aún con todas mis ventajas, cuando aterricé en México entendí que ningún pasaporte te ahorra lo esencial. Llegué sin familia, sin red, sin saber cómo se paga el camión ni cómo encontrar un doctor o hacer mis impuestos. En ocasiones sentí que era diferente a la gente mexicana, demasiado directa en una cultura muy cálida y empática. Me sentí desorientada, fuera de lugar. Y debajo de esa torpeza latía la misma pregunta callada, que carga cualquiera quien empieza de cero en un país ajeno: ¿podré pertenecer aquí?
México me contestó casi de inmediato. Compañeros y compañeras de trabajo me........
