Reventó el laboratorio del populismo autoritario
El domingo Hungría acudió a las urnas en lo que es quizá la elección más decisiva en la historia post-comunista del país y una de las más importantes de la Europa contemporánea. Y lo que ocurrió esa noche en Budapest no solo importa para los 10 millones de ciudadanos húngaros: atañe a todo ese continente y al mundo entero. Viktor Orbán, primer ministro durante 16 años ininterrumpidos y un faro de la extrema derecha nacionalista, chovinista y xenófoba -y quien enfrentaba el mayor desafío electoral de su carrera- perdió los comicios ante el partido opositor Tisza, liderado por Péter Magyar, surgido de las propias filas de Fidesz, el partido moldeado a imagen y semejanza de Orbán. Con alrededor del 54% de los votos, Tisza obtuvo una supermayoría de dos tercios en el parlamento, con aproximadamente 138 escaños; Fidesz vio su bancada reducida a aproximadamente 55 escaños, obteniendo alrededor del 38% de los votos. Y la participación electoral ha sido histórica: casi el 80% de los 7.5 millones de votantes registrados sufragaron, superior al nivel de participación de las cuatro elecciones generales anteriores. Esta movilización excepcional habla de una ciudadanía que sabía lo que está en juego para su país y que no estaba dispuesta a ceder más sin pelea ante el creciente autoritarismo de Orbán, de paso pintándole un soplamocos a Donald Trump y a Vladimir Putin.
El pueblo húngaro ha vivido, en carne propia, lo que implica el autoritarismo. Sabe lo que cuesta la libertad. Y el domingo finalmente tuvo la oportunidad de reivindicar esa memoria frente al hombre que la traicionó. Hay una profunda ironía histórica en lo que ha sucedido en Hungría. Un país que en 1956 se levantó a puño, piedra y coctel molotov contra la ocupación soviética para luego ser aplastado brutalmente por los tanques del Kremlin, y que en 1989 sacudió de nuevo al mundo al abrir sus fronteras para permitir que miles de ciudadanos de la Republica Democrática Alemana........
