Trump: el temblor de la historia
No sé qué tan cansado esté, querido lector, de leer, escribir o escuchar sobre Donald Trump. Yo, se lo confieso, estoy profundamente cansado del lugar desproporcionado que el antiguo especulador inmobiliario neoyorquino ha terminado por ocupar en la historia contemporánea. Pero es imposible esquivarlo. Trump no gobierna como un jefe de Estado convencional, sino como un hombre que quisiera colocarse por encima de las instituciones, del equilibrio de poderes y hasta de los propios límites que todavía le impone el sistema estadounidense. No actúa como un presidente republicano tradicional, sino como alguien intoxicado por la idea de un poder personal sin contrapesos, como si la democracia fuera apenas un trámite molesto entre él y su voluntad.
Si encontrara la manera de vaciar de sentido las elecciones de noviembre, o de convertir una victoria electoral en patente de corso para arrasar con todo, lo haría. Ese es el lugar que hoy ocupa en la historia del mundo: el de una figura que no administra una democracia, sino que la empuja hasta su punto de ruptura. Y cuando se tensiona al límite la democracia más poderosa del planeta, no tiembla solo Washington…tiembla el mundo entero.
Estados Unidos, con casi 350 millones de habitantes, arrastra una realidad inquietante. Según datos de la Organización Internacional Small Arms Survey, hay cerca de 393 millones de armas de fuego en manos de civiles estadounidenses. Eso es más de 1 arma por cada habitante del país de la bandera de las barras y las estrellas. La combinación entre la polarización política, el miedo social, resentimiento racial y armamento privado masivo no son características de una democracia estable, sino una bomba de tiempo.
Que un afroamericano siga muriendo a manos de la brutalidad policial continúa siendo una tragedia intolerable y, peor aún, una herida que Estados Unidos se niega a cerrar. Han pasado más de 14 años desde la muerte de Trayvon Martin, cuyo caso desembocó en el nacimiento de Black Lives Matter en 2013, y casi seis años desde el asesinato de George Floyd. Sin embargo, el problema de fondo persiste. Cambian los nombres, cambian los rostros, cambian los discursos oficiales, pero la fractura sigue ahí.
Que muera un migrante........
