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El pirata tuerto

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11.05.2026

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A pesar de que nadie me espera en Buenos Aires, me dirijo ahora mismo a esa ciudad, en un vuelo nocturno, como si el éxito de su feria del libro dependiese de mi presencia, como si millares de lectores aguardasen, impacientes, mi llegada, como si la charla que ofreceré un sábado por la tarde, improvisando, fatigando la memoria, habrá de cambiar la vida de los argentinos. Lo que me lleva entonces a Buenos Aires es un profundo, curioso malentendido: la certeza de que mis libros son importantes y yo mismo soy importante.

Ese equívoco hilarante, conveniente a la vanidad, acaso bueno para la salud, me excita también cuando hago todas las noches un programa de televisión en la ciudad donde nunca es invierno, la ciudad del eterno verano, Miami, donde elegí fijar mi residencia hace más de tres décadas. Cuando miro con fulgor a las cámaras y hablo como si poseyera la verdad, imagino que millones de personas están viéndome en ese país, en muchos otros países, en vivo y en directo, millones de personas que esperan a que den las nueve de la noche para sintonizar el canal que me da cobijo y prestar atención a mis opiniones de veterano charlatán y pontífice aficionado. Al hablar, al levantar la voz, al lanzar diatribas e invectivas contra mis enemigos, al gobernar el mundo con mano de hierro, imagino que son incontables quienes se estremecen con mi palabra y caen entonces embrujados gracias a mis dotes de seductor. Sin embargo, aquella audiencia masiva es solo un espejismo, una ilusión. Nadie, o casi nadie, está viéndome. Nadie, o casi nadie, sintoniza ese canal. Solo las personas que han entrado en la senectud, como yo, vemos todavía la televisión abierta en su formato antiguo, convencional. Esto lo sé, porque leo las planillas de audiencia y veo los números magros, pero no me resigno a creerlo. Porque cuando hago el programa, necesito creer que el mundo está paralizado, temblando de emoción, atento a mi palabra inflamada, justiciera.

Soy entonces el escritor que acude a todas las ferias a las que no........

© El Espectador