Embrujados
Los dirigentes de Vox son muy graciosos. Yo pagaría por verlos en un espectáculo nocturno de cabaret, mientras un camarero galante, quizá el propio Ortega ... Smith en calzoncillos y con pajarita, nos sirve unos vasitos de whisky varoniles, a palo seco, sin hielos ni cocacolas ni mariconadas. El momento parece grave. Es como si los rebotados de Vox hubiesen dejado de beber la poción mágica y descubrieran de pronto cosas tremebundas, insospechadas, que antes les habían pasado desapercibidas. Esto ya lo vivió Macarena Olona cuando se dio cuenta de que el partido desprendía un tufillo machista. Menudo susto se llevó. ¡Quién nos lo iba a decir, Maca, hija! Que una mujer tan preparada, abogada del Estado, sufriera un embrujo tan prolongado solo puede atribuirse a los malandrines que se la liaron a don Quijote.
Con esos mismos molinos de viento se han topado ahora Antelo, el gigante murciano, y García-Gallardo, el muchacho que se dejó barbas para que le permitieran entrar en las discotecas sin pedirle el carné. De golpe se han dado cuenta de que en Vox no existe la democracia interna. Son relatos de una crudeza estremecedora. Va uno de sorpresa en sorpresa. ¿Qué será lo próximo? ¿Que Abascal maneja el dinero del partido a su antojo? Yo en este caso me mantengo fiel a Buxadé, guardián de la ortodoxia, que cultiva ese formidable aire de malo de James Bond. Siempre me lo imagino bajando por las escaleras en batín, con su calva refulgente, mientras acaricia voluptuosamente un gato negro y amenaza con destruir a bombazos este insoportable mundo gay, islamizado, emigrantoso, bruselero y feminazi. Mientras siga Buxadé habrá un faro en la tormenta.
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