Me llevaría el fuego
Hacía años que no me ocurría. –¿Tienes fuego?–, me ha preguntado una joven en plena calle. Le he tenido que responder, desconcertado, que no, pero ... me he quedado toda la santa mañana dándole vueltas a la dichosa pregunta, a la petición de esa muchacha, que, al menos, ha tenido el detalle de tutearme. Porque no se trata de un objeto; ni siquiera de una sustancia. No, el fuego es algo diferente. ¿Cómo carajo puedo andar por la vida sin algo tan esencial como el fuego? «Me llevaría el fuego», respondió Jean Cocteau cuando, en una entrevista, le preguntaron qué salvaría si su casa se incendiara. Amalia Iglesias lo buscaba incansablemente en su primer poemario, 'Un lugar para el fuego'. Prometeo...
Porque el fuego era un milagro que, hace apenas unos años, prácticamente todos llevábamos en el bolsillo. Dábamos y recibíamos fuego. Pedíamos fuego, ofrecíamos fuego. Con una naturalidad –seguro que lo recuerdan– que ahora nos resulta inaudita. El fuego, uno de los mayores logros –y amenazas– de la humanidad, se había trivializado; lo habíamos encapsulado en un Clipper y pasaba de una persona a otra.
También nos preguntábamos la hora. ¿Qué hora es, por favor? ¿Qué hora tienes? ¿Me daría usted la hora?........
