La verdad de las mayorías
Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. / EP
La democracia es el imperio de la mayoría, pero no necesariamente del sentido común. Una mayoría de personas, en un momento dado, puede establecer un código de valores con el que uno puede no estar de acuerdo. Lo que creemos individualmente se llama opinión y puede confrontar con el pensamiento mayoritario. Pero asistimos a una eclosión de la persecución de la disidencia. Si no estás de acuerdo con determinados principios eres un negacionista. Un salmón que sube contra la corriente y se opone al orden de las cosas.
Hubo un tiempo en que la vida en democracia implicaba que uno podía pensar lo que le diera la gana, aunque acatando las normas que dictaba la mayoría. Lo colectivo era un mundo en el que regían las normas decididas por la mitad más uno y el pensamiento un lugar en el que reinaban las creencias libres. Y esos dos universos distintos coexistían plácidamente. Hasta que llegó la cancelación del negacionismo climático o las leyes contra opiniones o creencias convertidas en posibles delitos de odio. Las mayorías democráticas se sintieron legitimadas para determinar que el pensamiento es libre, pero no la expresión pública del pensamiento. De ahí a la creación del Ministerio de la Verdad solo queda un pequeño paso.
El problema, ahora, es que asistimos a la eclosión de un mayor peso democrático de lo que se ha dado en llamar extrema derecha. El caso más relevante es Donald Trump, un presidente elegido democráticamente por los ciudadanos de Estados Unidos, que está aplicando -lo llevaba en su programa- políticas beligerantes contra el globalismo y la agenda climática que encarecen los costos de sus producciones que compiten con las de China y que persiguen la inmigración ejerciendo la violencia institucional. Y ahí empiezan las grietas de nuestros demócratas de toda la vida. Porque ya no resulta tan evidente que lo que ha decidido una mayoría tenga que ser aceptado dócilmente por todo el mundo.
Dentro de no mucho tiempo en España puede existir una amplia representación conservadora, con presencia de la derecha radical. Lo mismo que ha ocurrido en Italia, Hungría, Polonia, República Checa y Finlandia y puede pasar en Francia o Alemania. Las normas que emanen de esos nuevos gobiernos -o sea, de esas nuevas mayorías- van a ser muy distintas a las que hoy conocemos. Y entonces, ya lo verán, la izquierda incendiará las calles. Los progresistas serán los negacionistas de las nuevas doctrinas de la mayoría, por muy democráticas que sean. Lo que demostrará que para algunos la democracia obliga, pero solo cuando la mayoría es suya.
Ser ateo es incómodo. No poder militar en alguna religión o ideología, porque ninguna encaja en tu pensamiento, te aísla del confortable sentimiento de pertenencia al grupo. Los que hoy discutimos el sectarismo ideológico de la izquierda y su pretensión de convertir sus creencias -de género, políticas o climática- en una dictadura del pensamiento único, lo haremos también contra la derecha si un nuevo gobierno aprueba leyes contra la libertad y usa los medios e instituciones públicas con la misma indecencia de los que los que hoy están en tránsito de irse. Porque contra la razón del número sí cabe la razón.
