La tercera guerra del Golfo: anatomía de un orden regional en transformación
Existe una tentación recurrente en el análisis geopolítico contemporáneo: tratar cada conflicto armado como un evento circunscrito a sus causas inmediatas y sus actores directos. Las guerras del Golfo desmienten con particular claridad esa ilusión. La primera, en 1991, no fue simplemente la expulsión de las tropas iraquíes de Kuwait; fue la inauguración de una arquitectura de poder unipolar estadounidense que reorganizó las lealtades regionales. La segunda, en 2003, tampoco fue sólo el derrocamiento de Sadam Huseín; fue el derrumbe involuntario del principal contrapeso estatal de Irán y el catalizador de su hegemonía en el Medio Oriente. Ambas guerras transformaron el orden regional de maneras que sus protagonistas no previeron ni desearon. La tercera guerra del Golfo, iniciada con los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán, probablemente no sea la excepción a este patrón histórico.
Lo que distingue al conflicto actual de sus predecesores es tanto su escala geográfica —que involucra a los Estados del Golfo Pérsico y a más de media docena de actores externos— como la simultaneidad de las crisis que desencadena. En el plano institucional iraní, la muerte del Líder Supremo Ali Jamenei, en las primeras horas del conflicto, ha abierto una crisis de sucesión que expone las fracturas latentes en el régimen. Para sus vecinos bombardeados, los ataques con misiles y drones han puesto a prueba la solidez de una arquitectura de defensa colectiva que, durante décadas, fue más declarativa que operacional. Para la política exterior estadounidense, los objetivos declarados por la administración de Donald Trump —destruir el programa de misiles balísticos, desmantelar la armada iraní y neutralizar sus capacidades nucleares— revelan la ambición de resolver en semanas lo que cuatro décadas de diplomacia, a menudo más o menos coercitiva, no pudieron resolver.
De la sucesión dependerá, en buena medida, la naturaleza del actor con el que la región deba convivir en el período posconflicto. La «candidatura» de Mojtaba Jamenei —hijo del difunto Líder Supremo y figura sin trayectoria pública ni grandes credenciales religiosas— revela la lógica de un sistema que, paradójicamente, podría reproducir la forma monárquica que proclamó haber abolido en 1979. Su principal........
