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¿Y si quien acosa es tu hijo o tu hija?

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12.06.2026

Para un momento y haz una cosa difícil. Piensa en tu hijo, el que duerme en la habitación de al lado. Ahora imagina que suena el teléfono a las ocho y diez de la mañana y, al otro lado, el colegio te explica con mucho cuidado que el niño que hace daño a otro es el tuyo. Que la familia que llora por las noches en otra casa llora por algo que ha hecho el tuyo. Tómate un segundo. ¿Qué dirías? ¿Qué pensarías de él? ¿Y de ti?

La mayoría de los padres leemos sobre el acoso colocándonos siempre en el mismo sitio: el de la familia de la víctima. Es comprensible y es humano. Pero deja fuera la mitad de la historia. Porque en cada clase de este país hay varios niños metidos en una situación de acoso, y unos cuantos están en el lado de quien lo ejerce. Esos niños existen. Se sientan en pupitres. Vuelven a casa a cenar. Y salen, todos, de alguna familia.

Pongámosle número a ese otro niño. El último informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña calcula que el 12,3% del alumnado sufre acoso o conoce a un compañero que lo sufre. Traducido a una clase de 30, son tres o cuatro niños. Y describe a un agresor que ya no necesita ser el más fuerte del patio: la inteligencia artificial aparece ya en el 14,2% de los casos de ciberacoso, y la usan sobre todo ellos, 6 de cada 10 veces. Montajes, imágenes falsas, vídeos manipulados que corren por cien móviles antes del siguiente recreo. El nuevo acosador hace daño sin levantarse de la cama y sin ver nunca la cara del otro.

La Fiscalía General del Estado puso por primera vez números oficiales sobre la mesa en 2024: 1.196 casos de acoso escolar conocidos por el Ministerio Fiscal. Con una advertencia: detrás de muchos de ellos hay un problema de salud mental, unas veces como causa y otras como consecuencia. Y un dato más: en España, por debajo de los 14 años no existe responsabilidad penal. La mayoría de los niños que acosan quedan, ante la ley, fuera de alcance. A esa edad, los únicos que pueden pararlos somos los adultos que tienen alrededor.

Empecemos por la imagen que solemos tener y que la ciencia lleva 20 años intentando corregir. Imaginamos al acosador como un niño desgraciado y resentido, que descarga en otro la miseria de un hogar terrible. Esa imagen nos tranquiliza, porque lo coloca lejos, en las casas de los demás.

Los datos cuentan otra cosa. La psicóloga estadounidense Jaana Juvonen lleva décadas estudiando a estos niños, y describe a muchos como chicos populares, seguros de sí mismos, con la autoestima alta y con menos ansiedad que la media de su clase. Caen bien a los profesores. Tienen amigos. Mandan. Para una buena parte de ellos, el acoso es una herramienta que funciona: una forma rápida de ganar estatus, de decidir quién entra en el grupo y quién se queda fuera, de sentirse arriba. Acosan porque les renta, como dicen los adolescentes ahora.

Esto es lo primero que un padre necesita asumir. El niño que hace daño puede ser un niño encantador en casa: querido, con buenas notas, con una familia normal y atenta. La crueldad y el encanto conviven mucho mejor de lo que nos gustaría.

Lo que vio un escáner en Chicago

Piensa en la última vez que viste a alguien hacerse daño de verdad. Un dedo pillado en una puerta. Una caída fea en mitad de la calle. Lo más probable es que apretaras los dientes, que encogieras el cuerpo, que por un segundo casi te doliera a ti. Ese tirón por dentro tiene nombre y tiene un sitio exacto en el cerebro.........

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