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Un mundo sin 'managers': la revolución laboral que llega

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Anda circulando por los mentideros de la villa el último informe de Gallup sobre la realidad global del mundo laboral. Un tocho de 251 páginas de las que, como no podía ser de otra manera, servidor se ha centrado en el minuto y resultado, que la vida da para lo que da. Quien quiera meterse droga más dura, aquí tiene el enlace para que se entretenga a su cuenta y riesgo.

El documento se centra en la figura del mando intermedio, ‘manager’ en el sentido más amplio de la palabra. Aquel que, sin dejar de ser un ‘mandao’, y, por tanto, con algún escalón pendiente para llegar a la cima corporativa, tiene capacidad de mando sobre alguna parte de su organización. Y refleja una realidad, cuando menos, preocupante: cada vez son más desapegados, cada vez son más timoratos y, por ende, cada vez son más prescindibles. Es un resumen un poco libre y algo exagerado, pero, en el fondo, lo que viene a decir es esto.

O sea que, tome nota quien corresponda.

Puede que no le falte razón. El propio CEO de Gallup recoge en su carta de presentación del análisis un hecho que me han compartido ya varios de los que van por delante en esto de la inteligencia artificial. El problema no es de la herramienta, sino de quien tiene que implantarla, esto es: del que ha de bajarla a la realidad. Puede que sea por desconocimiento, que es delito, pero menos; puede que sea por miedo al cambio, entramos ya en aguas peligrosas; o puede que sea, simplemente, por su incapacidad de adaptación, en cuyo caso ‘Houston, tenemos un problema’.

En la génesis, la ‘falta de compromiso’ como elemento transversal que justifica todo lo anterior. Suena mejor en inglés, ‘lack of engagement’ que, extendido a toda la cadena laboral del agregado de empresas a nivel global, supone un coste de oportunidad, menor productividad o ventas, equivalente al 9% del Producto Interior Bruto mundial, en román paladino unos cuantos billones de los de doce ceros a la derecha del uno. Lo que viene siendo un pastizal que, en España, página 146, es aún mayor (10% del personal comprometido vs. 20% del resto del mundo).

Puede haber muchas razones para esto, pero tres de las que con más frecuencia salen en este mundo mío actual, en el que hablar con unos y otros es parte de la actividad corriente, son las siguientes, de lo genérico a lo específico: falta de sentido de transcendencia, de deseo de dejar huella con lo que se hace, de compromiso, lo que se traduce en un desempeño mediocre y temeroso; poca ambición o ganas de subir por la escalera social, gracias a una sociedad rica en la que hay numerosos colchones tanto públicos como privados; deseo de vivir bien que es consecuencia lógica de lo primero y de lo segundo: a más responsabilidad, más complicación, Dios me libre de ambas.

Obviamente, es una generalización absurda, pero, uno, el presente te da señales siempre de lo que te va a deparar el futuro y, dos, un dato no hace tendencia pero una serie sí y lo que se deriva del informe de Gallup es que ese desapego entre directivo intermedio y corporación existe con todo lo que esto puede suponer para el buen gobierno de las empresas. Hay una realidad, en cualquier caso, innegable: en nuestra época toda conversación de empleo comenzaba en obligaciones y culminaba en derechos, solo se podía mejorar; ahora ocurre justamente lo contrario, por lo que aumenta la capacidad de decepcionarse y frustrarse. Tal cual.

No es responsabilidad exclusiva de los empleados. Cuando cuatro de cada diez revelan sentir ‘stress’ a diario y uno de cada cinco, más o menos, viven el día a día del trabajo con rabia, tristeza o soledad, parte de la culpa hay que imputarla, sin duda, al empleador. Pero poco puede hacer este si el trabajador no recupera parte de aquello que nos ha traído hasta aquí y que se asimila, a nivel personal, a la definición de inversión: sacrificarse hoy por obtener un mejor rédito mañana. Puede que lo que vean no les guste y prefieran darse mus; pero puede ser también que ni siquiera ellos mismos se gusten y les acaben dando mus.

Es de cajón, puro sentido común.


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