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El nuevo mapa de Oriente Medio

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20.03.2026

Estados Unidos e Israel están tratando de dibujar un nuevo mapa de Oriente Medio. Este nuevo mapa se está trazando a partir de una serie de acontecimientos que han tenido lugar en los últimos años.

En septiembre de 2020, los Acuerdos de Paz de Abraham entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos supusieron un cambio importante. Los Estados árabes citados se mostraron dispuestos a no condicionar la paz con Israel a la solución del problema palestino.

Los brutales asesinatos cometidos por Hamás en sus ataques terroristas del 7 de octubre de 2023 tenían como objetivo interrumpir esa tendencia, especialmente en lo que concierne a Arabia Saudí. La reacción de Israel, que algunas ONG del propio Estado judío han calificado como un genocidio, consistió en destruir Gaza y matar a más de 70.000 personas.

En diciembre de 2024, el final del régimen de Bashar al-Assad en Siria terminó con uno de los principales enemigos de Israel en la región. El Estado hebreo aprovechó la situación para ocupar determinadas zonas del territorio sirio más allá de la meseta del Golan, que continúa ocupando desde 1967.

Israel aprovechó asimismo que la caída de Assad debilitó la posición de Hezbolá para eliminar a sus líderes y destruir sus capacidades militares, violando para ello la soberanía del Líbano cuantas veces lo consideró necesario.

En junio de 2025, Estados Unidos e Israel atacaron Irán, desmantelaron sus defensas antiaéreas, mataron a algunos de sus máximos dirigentes y destruyeron parte de su capacidad nuclear. Israel además bombardeó Qatar para intentar acabar con la cúpula de Hamas.

En los últimos meses, Israel ha incrementado la presión sobre la población palestina en Cisjordania y ha dado pasos dirigidos a apropiarse de la titularidad legal de la tierra, lo que muchos interpretan como una forma de preparar su anexión.

Estos son los hechos con los que se está construyendo el nuevo mapa de Oriente Medio. En el centro de ese mapa está Israel, convertido en el nuevo hegemón regional. Su enorme superioridad militar le ha permitido usar la fuerza siempre que lo ha considerado oportuno sin encontrar una resistencia significativa. Es la única potencia nuclear de Oriente Medio. Y tiene todo el apoyo de la administración Trump, que ve a Israel como su gendarme regional. Sin ese apoyo hubiera sido imposible que hiciera todo lo que ha hecho.

Este es el nuevo marco geopolítico en el que Estados Unidos e Israel lanzaron su última operación contra Irán. Desde el punto de vista militar su superioridad está siendo abrumadora, tanto en el plano aéreo como en el naval. Pero desde el punto de vista político la operación no tiene un planteamiento sólido. Sus objetivos no están claros. Se ha hablado en diferentes momentos de acabar con el programa nuclear iraní, con sus fuerzas de misiles, con su apoyo a sus aliados regionales, de provocar un cambio de régimen, y recientemente de reabrir el estrecho de Ormuz. O de varias de esas cosas a la vez. Muchos piensan que si Estados Unidos no tiene las ideas claras sobre esta operación es porque la iniciativa no ha sido suya, sino que fue Netanyahu quien arrastró a Trump a bombardear Irán. No es una cuestión menor. No hay buen viento para quien no sabe a dónde va.

Mientras tanto, el estrecho de Ormuz continúa cerrado, provocando una crisis en la economía mundial, arruinando la imagen de los Estados del Golfo habían construido a lo largo de los años como refugios de seguridad y prosperidad, y haciendo que se multipliquen las presiones sobre Trump para que interrumpa los bombardeos.

Si EEUU e Israel logran un cambio de régimen en Irán, su nuevo mapa de Oriente Medio se verá consolidado. Por el contrario, la supervivencia del régimen supondría un fracaso para ese nuevo orden en Oriente Medio que ambos tratan de establecer. Ese fracaso podría tener diversas consecuencias. Teherán podría intentar dotarse del arma nuclear para protegerse de futuras agresiones, siguiendo el ejemplo de Corea del Norte. El principal oponente de esa idea era el ayatolá Jamenei, que murió el primer día de los bombardeos. Su hijo, el nuevo líder supremo, es al parecer mucho más favorable a seguir ese camino.

Ello no será en cualquier caso fácil por la determinación israelí de bombardear Irán todas las veces que haga falta para evitarlo, apoyándose en la capacidad demostrada por sus servicios de inteligencia para penetrar hasta los círculos más altos del régimen. Pero cabe preguntarse si Estados Unidos estará dispuesto a seguir apoyando indefinidamente esos ataques después de la experiencia del cierre de Ormuz. Sin la ayuda norteamericana sería muy difícil que Israel tuviera la capacidad de acabar con los esfuerzos de todo tipo que Irán trataría de desplegar para obtener la bomba.

Si Irán tratara de desarrollar el arma nuclear, otras potencias regionales podrían intentar hacer lo mismo, especialmente Arabia Saudí y Turquía. En primer lugar para no quedar en desventaja frente a Teherán. Pero también porque la idea de un nuevo orden geopolítico en Oriente Medio en el que Israel juegue el papel de hegemón no les resulta especialmente atractiva.

El comportamiento del gobierno de Netanyahu ha provocado un fuerte rechazo en la región, ha generado odio y resentimiento. Este malestar no ha encontrado por el momento la manera de manifestarse. En parte por el menor papel de Rusia en la zona y su debilitamiento general desde su invasión de Ucrania. También por la reticencia de China a implicarse más allá de cierto punto en los problemas de Oriente Medio. Aun así, la situación en la que EEUU e Israel han colocado a los países del Golfo podría empujarles a acercarse más a China en el futuro.

La guerra continuará hasta que los mercados mundiales del petróleo y las encuestas en EEUU sobre las próximas elecciones de noviembre terminen convenciendo a Trump de que tiene que parar. Lo hará previsiblemente proclamando una dudosa victoria. Hasta entonces los iraníes aguantarán todo lo que puedan —y lo que no puedan—, de acuerdo con la ética del martirio característica de los chiitas.

Mientras tanto, el apoyo a Israel entre la población de Estados Unidos disminuye cada día. Esta es una de las pocas cosas que en cierto momento podría hacer cambiar la política del gobierno judío. Israel es un país obsesionado por su seguridad, que es el altar ante el que ha sacrificado principios que parecían sagrados del movimiento sionista, incluyendo los valores que definen a un sistema democrático. Esa seguridad podría peligrar si EEUU dejara de garantizarla absolutamente como hasta ahora.

La cuestión es, por lo tanto, doble. Por una parte, cómo acabará la guerra y si habrá un cambio de régimen en Irán. De ello depende el futuro del nuevo mapa de Oriente Medio promovido por Estados Unidos e Israel. Y por la otra, cómo se acabará manifestando ese malestar existente en la zona sobre el nuevo papel de Israel como hegemón regional.

¿Y Europa? Ni está ni se la espera. No le gusta en absoluto esta guerra, pero —excepto España— no se atreve a decirlo. Como consecuencia de ello, está dividida y su papel es irrelevante.

Aunque también se podrían invertir los términos. No es que Europa esté dividida y como consecuencia de ello sea irrelevante, sino al revés. La división de Europa es una consecuencia de su irrelevancia. Podemos estar divididos precisamente porque somos irrelevantes. Si no lo fuéramos, no podríamos permitirnos el lujo de estar divididos. Tendríamos que actuar, tendríamos que hacer valer nuestra influencia, y para eso tendríamos que llegar a una posición común.

La irrelevancia europea es consecuencia de su dependencia política de Estados Unidos, que a su vez es consecuencia de su dependencia defensiva. Por eso son tan importantes los actuales esfuerzos europeos para fortalecer sus capacidades de defensa.


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