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Cada vez que Trump se encuentra entre la espada y la pared, se da un plazo de dos semanas para ganar tiempo o dejar que las cosas encuentren una “salida natural”

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09.04.2026

Cada vez que Donald Trump se encuentra entre la espada y la pared, se da un plazo de dos semanas para ganar tiempo o dejar que las cosas encuentren una “salida natural”. Esa táctica le fue bien para cerrar tratos ventajosos en sus negocios inmobiliarios y la ha utilizado en política para mantener el poder en su partido y en la Casa Blanca. Cuando inició su guerra comercial contra el mundo, hace ahora un año, el plazo de las dos semanas salió a relucir una y otra vez, unido a las amenazas de aranceles que subían y bajaban como en una montaña rusa. El verano pasado hubo varios ultimátum de la misma duración para el alto el fuego en Ucrania que Putin nunca cumplió. El pasado mes de enero, Trump volvió a recurrir a las dos semanas de plazo en su amenaza de tomar por la fuerza Groenlandia, aunque luego se echó para atrás. Ahora que necesita desviar la atención de Oriente Medio, empieza a acordarse de la isla del Ártico. En estos momentos, la espada y la pared de Trump son una guerra en la región más explosiva del planeta, a la que se ha lanzado de la mano de un compañero de armas al que no controla, como es Israel y la primera rebelión de sus aliados europeos que no han seguido sus órdenes. 

La Casa Blanca y el Pentágono se esforzaron el martes por presentar el acuerdo de alto el fuego en Irán como una victoria de proporciones épicas de los Estados Unidos en la guerra. Pero en realidad, con la aplastante superioridad militar demostrada y la destrucción causada, lo cierto es que los objetivos que Trump había anunciado no solo no se habían cumplido, sino que las cosas estaban peor que cuando empezó todo. La violencia se ha extendido a países árabes que gozaban de estabilidad. Las bases militares estadounidenses en la región han quedado comprometidas y algunas han tenido que ser evacuadas debido a los bombardeos enemigos. Irán continúa teniendo acceso a su uranio enriquecido. Además, ha demostrado que controla el estrecho de Ormuz, a pesar de la destrucción de su fuerza militar, y, con ello, puede tener al mundo entero como rehén por el efecto que ese punto de la geografía tiene en la subida de los precios. Mientras Trump busca una salida de la guerra que pueda presentar como victoria, el israelí Netanyahu hace la guerra por su cuenta y se lo pone difícil. Ha intensificado su guerra contra Líbano sembrando la destrucción en Tiro y Beirut con cientos de muertos y heridos, mientras sigue con sus ataques en Gaza y apoyando los asaltos de los colonos judíos contra poblaciones palestinas en Cisjordania. Al comienzo de esta guerra hubo mucho revuelo con el bombardeo a una escuela en el que murieron más de 160 niñas iraníes. 

Por un “error” un Tomahawk estadounidense impactó sobre un objetivo civil. Bombardear objetivos civiles es un crimen de guerra. Después de aquello, han aparecido imágenes de impactos precisos contra puentes, instalaciones energéticas, edificios residenciales y más de diez universidades, sin especificar si eran obra de las fuerzas estadounidenses o israelíes, pero en cualquier caso se trataba de objetivos civiles que quedaron arrasados. Además, en Líbano, Israel por su cuenta ha aplicado la estrategia que llevó a cabo en Gaza, hacer que la población del sur se vaya de sus casas hacia el norte y destrozar sus viviendas para ocupar el territorio, además de destrozar puentes y carreteras con el fin de que los libaneses no puedan volver ni tengan a dónde volver. Una limpieza de la población para invadir el territorio. En Estados Unidos, la imagen de Donald Trump ha quedado muy dañada, esta vez también entre sus propios seguidores, especialmente por su ultimátum a Irán, en el que parecía anunciar un exterminio, un terrible crimen contra la humanidad. Con la lógica simplista de los buenos y los malos a la que están acostumbrados los seguidores del movimiento MAGA (Haz América Grande otra vez), su ídolo se les está cayendo de la categoría de los buenos. Algunos empiezan a preguntarse si ha entrado en la de los locos, porque no soportan la idea de que la autoridad moral de su nación se haya perdido. 

Olga Brajnovic. Periodista


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