Ni mi casa es ya mi casa
Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza
Ni mi casa es ya mi casa
Concentración en Barcelona en protesta por el desahucio de Maricarmen. / LORENA SOPENA - EUROPA PRESS
“Pero yo ya no soy yo, ni mi casa es ya mi casa. Compadre, quiero morir decentemente en mi cama. De acero, si puede ser, con las sábanas de holanda”.
'Romance sonámbulo' de Federico García Lorca
La historia puede contarse de atrás hacia adelante o de adelante hacia atrás, pero el final es siempre el mismo: La casa de Maricarmen ya no es su casa, sino de otros, que no vivieron nunca. Ni vivirán tampoco. ¡Y es legal! Pero también injusto.
Su padre firmó el contrato de alquiler en 1956 —porque los contratos los firmaba el hombre de la casa y por eso ninguna mujer debiera jamás añorar los tiempos del franquismo—, y así se mudaron al número 46 de la calle Alcalde Sáinz de Baranda, cerca del Mercado Ibiza, abierto dos años antes.
Una ubicación correcta. A media distancia de la pujante alta burguesía madrileña del distrito de Salamanca, el eje de la Castellana y Chamberí, y de donde Madrid perdía el brillo y el asfalto: la zona obrera de Pacífico o Atocha y, más allá, las chabolas en las laderas del arroyo Abroñigal.
Madrid creció y se borraron solo las líneas ficticias, las de los mapas, que nunca el arriba abajo.
Y al morir el padre de Maricarmen, la esposa heredó el contrato de renta antigua, subrogándose como inquilina, como si no llevara décadas siendo también su casa.
Y al morir la madre, pasó a Maricarmen, pero como segunda subrogación en 2005. La Ley 29/1994 de Arrendamientos Urbanos —aprobada por el Gobierno de Felipe González— establecía que el contrato quedaría........
