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Diez hombres y una lancha

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02.03.2026

LA HABANA.- Los sueños de ver a Cuba libre, compartidos por cubanos que viven a ambos lados del estrecho de la Florida y en otras partes del mundo, son enormes y legítimos. Sin embargo, en estos días algunos nos hemos cuestionado si la liberación del país podría lograrse con el desembarco de un grupo de hombres diez veces menor que los expedicionarios del yate Granma.

En Cuba existe una dictadura que viene masacrando civiles en el mar desde mucho antes de la matanza del río Canímar, en 1980, y del hundimiento del remolcador 13 de Marzo, en 1994. Ante ese historial, si los castristas fueron capaces de asesinar a decenas de personas —incluidos niños— cuyo único “delito” era huir del comunismo, cabe preguntarse qué destino les aguardaría a quienes, armados, como afirma el Ministerio del Interior de Cuba, intentaran “violar” el límite náutico de las 12 millas.

No debe olvidarse que la dictadura no distingue si se trata de pescadores, flotillas de solidaridad o simples gaviotas que sobrevuelen el mar: en todos los casos dispara. Por eso, a la luz de los espeluznantes antecedentes del régimen, resulta inconcebible —si se da crédito a la mal contada versión oficial— que diez hombres, una suerte de argonautas modernos, hayan venido a Cuba en busca del vellocino de oro de la libertad, enfrentándose además a una tormenta de tal intensidad que ni Simbad, Popeye o Erik el Rojo se habrían atrevido a hacerse a la mar.

Si alguien no considera “el tormento del siglo” para la dictadura castrista la orden ejecutiva de Donald Trump que califica a Cuba como “una amenaza extraordinaria e inusual para la seguridad nacional de los Estados Unidos”, junto con la imposición de un bloqueo energético y la presencia de buques de guerra norteamericanos en el Caribe, entonces no conoce la verdadera fuerza de un vendaval.

Los castristas están en pánico, pero no se han rendido. La demostración de fuerza contra una lancha —que terminó con la muerte de cuatro personas revela que la dictadura, dispuesta a jugarse el todo por el todo, aún guarda cartas ocultas, como ha hecho tantas veces cuando se ha visto acorralada.

Asustados como están, los castristas se vuelven más furiosos y agresivos. Como ratas acorraladas, muerden todo lo que se acerca a su entorno y perciben como una amenaza. Todo les parece peligroso, y para enfrentarlo activan hasta el último resorte represivo. Lo están demostrando a diario.


© Cubanet