El desamparo y la fe en Venezuela tras los sismos
Nadie se movía. Nadie quería ser el ruido que tapara una señal de vida.
El edificio de teleSUR en Caracas resistió el impacto de los dos terremotos que sacudieron Venezuela la tarde del 24 de junio. Resistió, pero no salió intacto. Quedaron paredes abiertas por la violencia del movimiento telúrico, losas caídas, cristales rotos, computadoras en el suelo y una sensación difícil de nombrar: la certeza de que, en cuestión de segundos, todo lo que parecía firme podía dejar de serlo.
Lo que ocurrió a las 6:05 de la tarde fue aterrador. Primero sonó la alerta sísmica en muchos teléfonos del canal, apenas unos segundos antes de que entendiéramos la gravedad del aviso. Luego empezó a vibrar el piso: al inicio de forma leve, casi engañosa; después con una fuerza brutal, como si el edificio entero hubiera sido arrancado de su sitio.
Bajamos por unas escaleras estrechas, moviéndonos de un lado a otro como en un barco en aguas turbulentas. Las paredes crujían a nuestras espaldas. Recuerdo haber temido una estampida, no por falta de disciplina, sino porque nadie está preparado para sentir que el suelo, esa seguridad elemental sobre la que se organiza la vida, se convierte de pronto en amenaza.
Venezuela está ubicada en una zona de contacto entre las placas del Caribe y Suramérica, pero hacía generaciones que el país no vivía una sacudida de esta magnitud. El Servicio Geológico de Estados Unidos registró dos eventos casi consecutivos, de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 39 segundos.
Los especialistas describen lo ocurrido como un “doblete sísmico”, un fenómeno........
