Que arda todo
Hasta hace muy poco se podía distinguir a un asturiano de una persona que viviera al sur de los Picos d’Europa porque en verano nosotros siempre sacábamos de casa una chaqueta por si acaso. Incluso en la playa y en un día soleado, la “chaquetuca”, la “rebequina” no podía faltar en la bolsa junto a las palas, la baraja y un par de monedas sueltas para comprar polos de helado. Porque nunca sabías si el día se iba a acabar nublando, y porque además siempre tiraba la brisa. Temblar en la toalla, tapada de pies a cabeza después de haberte bañado en el Cantábrico, esperando a que los rayos del sol te devolvieran el calor al cuerpo y la vida a los dedos de la mano y de los pies, no recoger la toalla ni correr cuando caían cuatro gotas porque sabíamos que era solo una nube y que en diez minutos volvería a salir el sol, eran vivencias cotidianas de cualquier verano asturiano. Pero esos fueron otros tiempos, otros veranos, otro mundo que casi hemos olvidado.
Es asombrosa la capacidad del ser humano para adaptarse a cualquier cosa, a cualquier cambio. Incluso a las cosas malas y los cambios a peor. Pues están tan lejos aquellos imprevisibles y hasta disparatados veranos asturianos con su loco pero típico clima atlántico. En aquellos tiempos no tan lejanos, las gentes de mi tierra éramos famosos porque siempre estábamos........
