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La era de la ira: no esperen un final feliz a las revueltas en Francia

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Llevamos unas semanas muy conflictivas. Sobre todo en las calles de Francia, pero no solo allí. Lo que empezó como una protesta estudiantil por los recortes en la educación pública ha derivado en una revuelta con múltiples focos, a la que se han sumado grupos antisistema, los temidos chalecos amarillos y aficionados a los saqueos. El incendio del Ayuntamiento de Limoges, un monumento del siglo XIX, da una idea del nihilismo que se apodera de las masas enfurecidas. Se ha impuesto el toque de queda en distintos puntos del país, en un momento crítico que representa la agonía del macronismo. Podríamos apelar a la pulsión revolucionaria que ha marcado la identidad francesa, pero es que el malestar por las estrecheces y por el coste de la vida está cruzando fronteras. El fenómeno ha contagiado a Italia, con noches de destrozos y saqueos en Milán, donde Giorgia Meloni ha desplegado soldados, y otras ciudades. También en Bélgica se sublevan los estudiantes, también en Albania. En España y en Portugal, los jóvenes se levantan por la vivienda inaccesible: la acampada de la Puerta del Sol va camino de cumplir su primer mes; las de Lisboa y Oporto han sido desalojadas, como le gustaría a Isabel Díaz Ayuso que se hiciera en Madrid. Muy lejos de aquí, en la India, la última protesta del movimiento de las “cucarachas” se ha saldado con un millar de detenidos.‌

Llevamos unos años muy conflictivos. Ocurre en lugares muy apartados entre sí. En lo que va de década han caído con estrépito los presidentes o primeros ministros de Nepal, de Bangladesh y de Sri Lanka después de manifestaciones masivas protagonizadas por la generación Z, los que están ahora en la veintena o algo por debajo. Esta oleada resonó en Madagascar, en Perú, en Kenia. Y en Europa: Rumania, Serbia. Los jóvenes se han levantado, en cada país con sus particularidades, por la rampante corrupción, por las medidas represivas, por las crisis económicas encadenadas y por sus pobres perspectivas de futuro. Esto último es clave. Lo ven negro. Por eso rompen cosas.

Llevamos un siglo XXI muy conflictivo. El milenio empezó con protestas contra el G-7 en Génova, choques con la policía y la muerte de un activista. Aquellos jóvenes se autodenominaban altermundistas: creían que otro mundo, diferente al de la globalización y el neoliberalismo, era posible. Hubo marchas masivas en toda Europa, y particularmente en España, contra la guerra de Irak. Y........

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