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La retórica del insulto

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02.03.2026

La intransigencia y la tiranía, manifiéstense en el terreno que se manifiesten (en el de los hechos o en el de las palabras), suelen conducir al silencio o al insulto, que son reacciones a cada cual peor, porque suponen la quiebra o el fracaso del recurso de convivencia más importante del ser humano, que es el diálogo, el hablar cordial con el otro en busca de avenencia. Para el género humano, que no es un agregado o una suma de individuos independientes o mónadas de naturaleza distinta (para decirlo con palabra del viejo Leibniz), sino una comunidad espiritual, el diálogo es fundamental, porque es quien hace posible la convivencia y la integración social. Los seres humanos dejan de ser individuos y se convierten en sociedad gracias al lenguaje. No somos solos, somos con los demás. El diálogo con que construimos el mundo y nos entendemos con nuestros congéneres es el cemento de la sociedad; la base del altruismo y la solidaridad, tan consustanciales a los humanos e inexistentes o muy raros en el resto de las sociedades animales. 

Por su parte, el silencio supone la renuncia a hablar, sin más, tragándose los sapos de la mayor o menor indignación que la cerrazón, arbitrariedad o incomprensión del tirano provoca en la víctima. Con ello renunciamos a perder el tiempo, desentendiéndonos totalmente del que abusa de nosotros, que hace oídos sordos a cualquier cosa que se le diga, por muy razonable que esta pueda ser. Ante la incomprensión, la arbitrariedad o la brutalidad del otro, callamos, por temor a su reacción o por comodidad, aunque la indignación nos corroa las entrañas. ¿Qué otra cosa podemos hacer si no queremos pelear?

Por la suya, el insulto consiste en una recriminación u ofensa hacia el que reputamos culpable de la tiranía o de la incomprensión de lo que decimos, de sus actos de fuerza o intransigencia, mediante calificativos de calibre más o menos grueso. No hay aquí dialéctica cordial entre los interlocutores, sino un discurso unidireccional para destruir al rival. Es el desahogo inherente a eso que se llama en español “derecho al pataleo”, único recurso que queda cuando se han agotado todas las posibilidades que ofrece el lenguaje de la razón, donde hablante y oyente intentan encontrar la verdad o llegar a un acuerdo más o menos lógico. ¿Qué se pretende con esta sarta de improperios o excesos verbales? Evidentemente, ofender, provocando o irritando al que nos molesta; no dialogar civilizadamente con él. La lengua se usa aquí, no para entenderse, encontrar la verdad o llegar a acuerdos, sino para echar fuera malos humores, desprestigiar y aun destruir al interlocutor. Son expresiones de estados de ánimo, no de conciencia y razón. Lo que predomina aquí no es la función representativa del lenguaje, sino la función expresiva. Es una especie de exclamación; de exclamación imprecatoria. La misma palabra con que lo designamos lo dice: se trata de un salto verbal sobre alguien; de una agresión.

Este fue el recurso que eligió Unamuno para combatir la dictadura del rey Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera y sus secuaces, que habían secuestrado por la fuerza de las armas la libertad de los españoles en el año 1923 y que lo arrancaron un año después de su familia y de su patria y lo confinaron en la para él lejana isla de Fuerteventura. Con ellos se despachó nuestro autor a gusto en varios sonetos de su diario de destierro De Fuerteventura a París y en múltiples artículos publicados, sobre todo, en la revista Hojas Libres y el periódico España con honra, que se editaron en Francia en la época del destierro del autor (1924-1930). Así, de Alfonso XIII dirá don Miguel que era un “muñeco”, un “memo”, un “loco”, un “bobo”, un “embustero” y un “blando”; de Primo de Rivera, que era un “tonto de capirote”, un “frívolo”, un “botarate”, un “vanidoso”, un “bullanguero”, un “codicioso”, un “majalulo” (en sentido recto, ‘camello joven’ en el habla canaria) y un “tonto”; y del general represor Martínez Anido, que era un “tenebroso”, un “bellaco”, un “cerdo” y un “verdugo negociante”. Nunca hasta ahora se había mostrado don Miguel tan contundente en la reivindicación de la democracia y la libertad, de las que fue siempre un insobornable defensor, pese a las insidias de algunos modernos........

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