El derecho al buen trato frente a la sacralización de los vínculos biológicos: el mito del padre periférico
Si en mi anterior artículo ponía el foco sobre la cara más amarga de la maternidad y la urgencia de desmitificarla, resulta éticamente imposible cerrar ese análisis sin girar la cabeza hacia los padres. Abordar la desprotección infantil exige, por pura honestidad analítica, aplicar una perspectiva de género bidireccional que deje de enfocar en exclusiva a las mujeres, ya sea para santificarlas o para criminalizarlas. Mientras el sistema social y cultural fiscaliza al milímetro el desempeño de las madres, a los hombres se les suele medir con una vara infinitamente más laxa. La perspectiva de género nos obliga a desarmar ese doble rasero que asimila mujer a cuidado y, al mismo tiempo, normaliza e incluso disculpa que la figura paterna habite una cómoda periferia afectiva. Centrar la mirada en ellos no es un ataque, sino una exigencia de corresponsabilidad y justicia hacia la infancia.
La figura del padre periférico sigue siendo el gran elefante en la habitación del que nadie quiere hablar. Hemos construido una cultura complaciente con la desafección masculina, un sistema que disculpa la desidia afectiva de los hombres y normaliza que la responsabilidad de la crianza tenga una dirección única. Mientras las madres son juzgadas bajo el microscopio social, los padres disfrutan de una suerte de amnistía cultural. Se les permite delegar, ponerse de perfil y asumir un rol pasivo, secundario y anónimo. Esta renuncia silenciosa no es neutral; es una forma de violencia por omisión que deja a los hijos y a las hijas desamparados en su propio hogar.
Cuando analizamos las realidades de las familias que terminan intervenidas por el sistema de protección de menores, el........
