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¿De qué hablamos cuando hablamos de educación?

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24.04.2026

¿Qué es lo que se agita en lo profundo del ánimo de un joven de la actualidad, no solo en Chile sino en todo el orbe que ha sido tocado por lo que llamamos la civilización moderna?

En Chile llevamos entre quince y veinte años discutiendo acaloradamente la cuestión educacional, dependiendo de si consideramos las movilizaciones estudiantiles de 2006 o las de 2011 como punto de partida de este debate. ¿Y de qué hemos estado hablando? A veces, de títulos jurídicos (derecho a la educación), en otras ocasiones de mercancías económicas (oferta y demanda de servicios educacionales); en un momento alguien reduce la crisis educativa a problemas de eficiencia en la gestión (municipalidades o SLEP) o se pregunta por las condiciones ficales y estatales para mejorarla (nuevo pacto fiscal; financiamiento a la oferta o a la demanda, bajo la forma de vouchers).

En todos estos casos se pasa por alto el acto educativo en sí mismo; y se considera a profesores y estudiantes como ofertantes, demandantes, sujetos de derechos, deudores, etcétera. En el peor caso, se los considera como números; como una cifra. En este debate no ha aparecido el ser humano en cierne (el niño, el adolescente) ni la personalidad del docente, quien desde una experiencia viva pueda irradiar algo al estudiante que tiene delante.

Una rectora de una universidad pública chilena acaba de protestar diciendo que hay que ver a los estudiantes como personas, no solo como un arancel o un deudor. ¡Algo es algo! Pero mientras tanto, el problema educativo en Chile se sigue agravando. A los problemas históricos acumulados, se suman ahora todo tipo de problemas de salud mental en los jóvenes, adicciones y una preocupante tendencia hacia la criminalidad (contra otros o sí mismos).

Más allá de los frecuentes lanzamientos de bombas molotov en colegios por alumnos, los suicidios de jóvenes y ahora amenazas de tiroteos dentro de recintos educacionales, el caso reciente de un estudiante que asesinó a una inspectora en Calama y un poco después la violenta agresión que sufrió la ministra de ciencia en Valdivia reabrió el dabate. ¿Y qué dicen los expertos y las autoridades educativas? ¿Cómo explican y abordan la violencia en la escuela?

Un influyente columnista abordó recientemente el asunto. Él sí que piensa la educación más allá de las políticas públicas en base a meras encuestas o estadísticas. Y sin duda, más allá del mercado y su estrecha lógica económica. Así que escuchémoslo.

La escuela –nos dice— está perdiendo su capacidad de orientar normativamente la conducta debido a la pérdida del reconocimiento natural de la autoridad del profesor o de la escuela como lugar de transmisión cultural de una generación a la otra (para lo cual –precisa— una generación debe “subordinarse” a la otra).

Para el columnista, la prohibición –aprendida en el seno de la familia y la escuela, la Iglesia y el barrio— es la clave para la orientación de la conducta; sin ella, el sujeto solo puede quedar a la deriva de sus pulsiones y padece una frustración sin fin. Siguiendo a Émile Durkheim, un pensador positivista social de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la norma impuesta es el remedio contra este “mal del infinito” propio de una subjetividad deseante sin coacciones externas. La educación, en resumen, es socialización. La función más importante de la escuela consistiría en promover un ascetismo del comportamiento del modo impositivo antes indicado.

¿Se estará sugiriendo que las adicciones y........

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