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Tiananmén 1989 Y el ascenso de la China capitalista

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27.05.2026

La madrugada del 4 de junio de 1989, miles de soldados del Ejército Popular de Liberación irrumpieron en el corazón de Pekín con tanques, ametralladoras y órdenes de despejar a sangre y fuego la Plaza de Tiananmén, ocupada pacíficamente por decenas de miles de jóvenes y trabajadores desde hacía semanas. El saldo fue una masacre: centenares —probablemente miles— de muertos, heridos, desaparecidos y detenidos. Lo que había comenzado como una protesta estudiantil contra la corrupción y por reformas democráticas, había evolucionado hacia una revuelta social de masas, con huelgas obreras, aparición de sindicatos independientes y un desafío incipiente al nuevo orden capitalista en construcción.

Sin embargo, desde ese día, la historia de Tiananmén ha sido doblemente distorsionada. Por un lado, el régimen del Partido Comunista Chino (PCCh) impuso un silencio brutal y sistemático: censura total en los medios, prisión y exilio para los protagonistas, y prohibición absoluta de conmemoraciones. La masacre fue borrada de los manuales escolares y del imaginario colectivo oficial. Millones de jóvenes chinos nacidos después no saben siquiera qué ocurrió.

Por otro lado, el relato dominante de la burguesía occidental —y sus medios, ONGs e intelectuales— vació Tiananmén de su contenido de clase, reduciendo todo a una lucha "por la democracia" liderada por estudiantes inspirados en los valores del parlamentarismo occidental. La acción decisiva de la clase obrera, la formación de la Federación Autónoma de Trabajadores de Pekín, la crítica popular a las reformas de mercado y la amenaza que esto suponía para la naciente burguesía china, todo eso fue omitido deliberadamente. Lo que interesaba a Washington, Bruselas o Tokio no era denunciar el capitalismo chino, sino usar Tiananmén como un instrumento para presionar al régimen de Pekín desde una agenda geopolítica imperialista, mientras firmaban acuerdos comerciales y celebraban la apertura del "gigante asiático" a la inversión extranjera. ¡Ambas cosas al mismo tiempo!

La masacre de Tiananmén fue silenciada por el estalinismo y deformada por el imperialismo con la complicidad de la socialdemocracia internacional. Pero lo que sucedió en esas semanas fue mucho más profundo: una rebelión popular contra la miseria, el autoritarismo y el avance capitalista, que pudo haber sido el inicio de una transformación revolucionaria si hubiera contado con dirección, organización y estrategia marxista.

Tiananmén no fue solo un episodio trágico, ni una simple represión autoritaria. Fue la expresión más avanzada —hasta ese momento— de un rechazo activo por parte de amplios sectores del pueblo chino a la restauración capitalista en marcha. A través de las manifestaciones, huelgas y comités autoorganizados, comenzaban a surgir formas embrionarias de poder obrero que desbordaba el marco de la protesta estudiantil inicial.

Lo que comenzó como una exigencia de mayor "transparencia" y lucha contra la corrupción, terminó por adquirir un contenido radicalmente subversivo: cuestionamientos al enriquecimiento de la burocracia, exigencias obreras sobre condiciones laborales y salario, demandas por sindicatos independientes, y un ambiente de deliberación política masiva en la propia Plaza, con asambleas y prensa mural. En los últimos días antes de la masacre, la Plaza de Tiananmén fue ocupada, defendida y organizada fundamentalmente por trabajadores, no por jóvenes ilustrados con referencias vagas a la democracia occidental. Esa verdad fue deliberadamente ocultada por todos los actores interesados en sofocar cualquier conclusión revolucionaria.

Es fundamental rescatar Tiananmén del olvido o de la tergiversación. No se trató de un simple acto de "disidencia" liberal, ni de una lucha por una supuesta "transición democrática", sino de un intento inconcluso y espontáneo de irrupción del sujeto obrero chino en la escena histórica, justo cuando el PCCh había abrazado las recetas del mercado y se preparaba para consolidar un nuevo orden capitalista con ropaje socialista.

Este folleto busca reconstruir los acontecimientos de 1989 desde una óptica clasista, revolucionaria e internacionalista. Mostraremos cómo se desarrolló el movimiento, quiénes lo integraron, cuáles fueron sus límites, y por qué fue necesaria —y sigue siéndolo— una alternativa política revolucionaria para la clase trabajadora china. Porque detrás de cada mentira impuesta por el poder, hay una verdad que sigue luchando por ser revelada: la de los miles que soñaron con transformar hacia el genuino socialismo su realidad, y pagaron con su sangre por atreverse a desafiar al poder burgués con banderas revolucionarias y organización desde abajo.

Breve resumen del 4 de junio de 1989

La noche del 3 al 4 de junio de 1989, el gobierno chino ordenó la entrada del Ejército Popular de Liberación a Pekín para aplastar por la fuerza la ocupación de la Plaza de Tiananmén, mantenida desde hacía más de seis semanas por estudiantes, trabajadores y ciudadanos que reclamaban contra la corrupción, la desigualdad y la falta de libertades.

Columnas de tanques avanzaron desde distintos puntos de la ciudad, abriéndose paso entre barricadas improvisadas, mientras soldados armados disparaban munición real contra multitudes desarmadas. No hubo aviso previo ni negociación final: la represión fue fulminante.

Los muertos se contaron por centenares —algunas estimaciones indican más de mil—, con miles de heridos y arrestos masivos. Las tropas persiguieron a los activistas en hospitales, domicilios y universidades. El gobierno impuso la ley marcial, bloqueó toda información y declaró que "no hubo masacre".

Los principales blancos de la represión no fueron solo los estudiantes visibles ante las cámaras extranjeras, sino especialmente los trabajadores que habían comenzado a organizarse de forma independiente, como los miembros de la recién creada Federación Autónoma de Trabajadores de Pekín (DATF). Muchos de sus dirigentes fueron arrestados, condenados a largas penas de prisión o desaparecidos.

La Plaza fue desalojada violentamente en la madrugada. Se prohibieron las reuniones públicas, los medios fueron intervenidos y se estableció un control férreo en los centros de estudio y en las fábricas. La represión se extendió por semanas en las calles de Pekín y otras ciudades. El mensaje del régimen fue claro: no se toleraría ningún cuestionamiento al poder del Partido ni al nuevo rumbo capitalista del país.

La imagen más recordada en Occidente es la del "hombre del tanque", aquel joven anónimo que detuvo por unos instantes una columna de blindados. Pero lo que se ha olvidado —o se ha ocultado— es que detrás de ese gesto hubo miles de trabajadores que luchaban por derechos concretos y por frenar la acumulación salvaje de una nueva clase dominante. La masacre del 4 de junio fue, en realidad, una contrarrevolución preventiva, un crimen de Estado para asegurar la continuidad del proyecto burgués en curso bajo la tutela del PCCh.

¿Por qué importa hoy Tiananmén?

Hablar hoy de Tiananmén no es un ejercicio académico ni un homenaje nostálgico. Es una necesidad política urgente. La masacre de 1989 no pertenece al pasado cerrado, sino a un presente donde el modelo chino —autoritarismo político con economía capitalista— se ha convertido en referencia para muchas burguesías del mundo. A su vez, millones de trabajadores en China siguen luchando contra las mismas condiciones de explotación, censura y desigualdad que llevaron a la rebelión de hace más de tres décadas.

Además, el recuerdo de Tiananmén sigue siendo activamente reprimido y manipulado. Por un lado, el régimen del Partido Comunista Chino lo ha borrado sistemáticamente de la memoria colectiva: prohibiciones, vigilancia digital, arrestos por conmemorarlo, eliminación de libros, artículos y menciones públicas. La juventud nacida después de 1989 crece sin saber qué ocurrió realmente, o lo ve reducido a una "conspiración extranjera" según el discurso oficial. La censura estalinista del PCCh no es sólo negación del pasado, sino defensa del presente burgués que construyó sobre aquella represión.

Pero la burguesía occidental también contribuye a esta operación de borrado, aunque por vías más sutiles. Medios, universidades y ONGs presentan Tiananmén como una lucha "por la democracia", entendida en términos liberales: elecciones, prensa libre, Estado de derecho. Ocultan deliberadamente que la revuelta fue también una respuesta obrera a las consecuencias de las reformas capitalistas, una protesta contra la miseria, los despidos, la corrupción y la conversión de la burocracia en nueva clase dominante.

Este doble silenciamiento —por parte del régimen chino y de la burguesía occidental— tiene un objetivo común: borrar la dimensión de clase del levantamiento y evitar que nuevas generaciones de trabajadores y jóvenes lo redescubran como lo que realmente fue: una rebelión social potencialmente explosiva, que pudo haber abierto un camino revolucionario si hubiera contado con dirección, organización y un programa independiente.

El Partido Comunista Chino necesita ocultar que no reprimió una conspiración externa ni una provocación aislada, sino una protesta masiva que cuestionaba la desigualdad generada por sus propias reformas de mercado. La burguesía occidental, por su parte, necesita borrar el contenido obrero del movimiento para presentarlo como un reclamo por una "transición democrática" al estilo occidental, alineada con su modelo político y económico del capitalismo.

Reivindicar Tiananmén hoy —desde el marxismo revolucionario— significa rescatar esa experiencia desde abajo, reconociendo el papel de la clase trabajadora, denunciando la restauración capitalista en China y oponiéndonos tanto al autoritarismo del PCCh como a la hipocresía del imperialismo. Significa, en última instancia, mantener viva la memoria de una lucha ejemplar, a la que no han podido aplastar su significado histórico profundo: el intento de un pueblo por tomar su destino en sus propias manos.

Capítulo I: China en los años 80, de la revolución al mercado

Para comprender el levantamiento de Tiananmén, es imprescindible analizar el contexto histórico que lo hizo posible. A fines de los años 80, China vivía una transformación profunda: la transición de una economía planificada burocráticamente hacia un capitalismo cada vez más abierto al mercado, a la inversión extranjera y a la desigualdad social.

Esta mutación no cayó del cielo. Fue el resultado de un giro estratégico dirigido por la cúpula del Partido Comunista Chino tras la muerte de Mao Zedong en 1976. Bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, la burocracia gobernante inició un proceso de reformas que restauró las relaciones capitalistas de producción y dio origen a una nueva clase dominante: una burocracia enriquecida, convertida en burguesía, que mantuvo el poder político del Estado mientras abría la economía a la lógica del beneficio privado.

Lejos de garantizar prosperidad para todos, estas reformas generaron desempleo, inflación, corrupción desenfrenada y un aumento brutal de la desigualdad, golpeando especialmente a los trabajadores urbanos y campesinos. Fue en ese escenario —de transición capitalista, autoritarismo político y creciente malestar social— donde estalló la revuelta de Tiananmén.

Este capítulo reconstruye el proceso de restauración capitalista en China, sus consecuencias económicas y sociales, y el papel que jugó la burocracia del PCCh como clase restauradora. Solo desde esa perspectiva es........

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