Es cierto: todos en Venezuela estamos en el diván
Como bien asegura José Sant Roz en un reciente artículo. Y claro, se refiere al Diván de Jorge Rodríguez, ese programa muy bueno que circuló poco tiempo desde octubre 2015 y que, además de analizar a la oposición idiotizada, finalizaba con música hermosa (1,2).
De ese referido texto de José Sant Roz tomo apenas esa frase, lo demás no lo toco ni por asomo, porque tengo temor de caer en un sinsentido nuevamente. Por eso mismo, necesito el diván de Jorge Rodríguez. Imagino no me cobrará consulta habiendo sido yo su magnífica profesora de Fisiología por allá en los años ochenta. Aunque pensándolo bien, tal vez yo me encontraba de permiso por estar cursando mi doctorado en Fisiología, lo cual me costó lágrimas con mi profesor Marcelo Alfonzo y la incomprensible cadena respiratoria. Así como, tomar conciencia, una exquisita noche de luna antes del concurso final, de que más nunca en mi vida sabría tanto de Fisiología como en aquellas horas. Temas y más temas, compendios y más compendios, mamotretos y enciclopedias de cómo funciona nuestro cuerpo humano.
Ayyy pero se murió mi compañero neurofisiólogo, el excelente profesor Horacio Vanegas Fishbach (3). A quien también hubiésemos involucrado en este asunto, porque no todo es Freud, también existen patrones en el cerebro que podrían explicar lo incomprensible. Por ejemplo, una RMN localizó que mi cerebro de tercera edad, ya se hizo de menor tamaño, pero también que aparecen manchitas blancas, que significan muerte de neuronas, según, asociadas con la memoria. Pero recuerdo perfectamente todos aquellos Aló presidentes que disfruté cocinando en la cocina en esa hora del mediodía del domingo.
Apreciados lectores, les aseguro que sentarse en el diván funciona, tiene sus resultados, aunque a mí cuando joven, me costaron algunos años de psicoanálisis pues no sabía si debía casarme o no.
Pero es que ahora el tema no es el casamiento sino ¡la inmortalidad del cangrejo! To be, or not to be. ¿Chavista? ¿Rojo o Azul? Siempre me consideré chavista de corazón, como cuando andaban por ahí los supuestamente “verdaderamente chavistas”, que se autodenominaban chavistas de corazón, reclamando, ellos, la insoportable jerarquía de Nicolás Maduro, un simple chofer del metrobus.
Yo no reclamaba de la autoridad de Nicolás Maduro pero sí el comportamiento de algunas instituciones que no actuaban de forma humanista. Me tocó duro y zapatear, no por bulevares ricos como los que recorría Julia Roberts en Mujer Bonita, sino en antros con poca luz como esas sedes de los ministerios, encontrar personas rígidas que........
