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¿Y dónde habita el “nosotros”?

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18.05.2026

Al hablar de la crisis venezolana, solemos poner foco en el palmario abismo que persiste entre el ciudadano y el Estado. Un trastorno que castiga de diversas formas, sin duda, que compromete la gobernanza, profundiza el desamparo y degrada el rol de las instituciones; que a su vez abre grietas nuevas y tan levantiscas como las que le dieron origen. Hablamos de esas distancias que separarían a un individuo de otro, impugnando esos lazos que fundan la comunidad política y dan sentido a la cohesión perdurable de la llamada “nación cultural”.

Algunos elementos contribuyen a agravar esa situación. Por un lado, topamos con la polarización del debate público, esa dinámica global, transversal, que “muta y penetra las instituciones primarias donde se da la convivencia”, como apunta Mario Riorda. La polarización afectiva, advierte el politólogo argentino, va condicionando un debate que, lejos de basarse en ideas, argumentos e ideologías, “está siendo suplantado por una versión sentimental, emocional de la ideología, con posturas moralizantes”, y generando rechazos “mucho más dogmáticos, emocionales en la forma en que se expresan”. Por otro lado, al estar sometidos a una economía de supervivencia, no extraña que el vecino empiece a dejar de ser un aliado para convertirse en un competidor por recursos. Si la política remite al arte de vivir juntos, amén de esa crisis agudizada por la carnívora lucha por el poder, no es menos cierto que enfrentamos una crisis de la convivencia.

La preocupación no es menor. Sin confianza mutua, cualquier aspiración de cambio o reconstrucción arranca con plomo en el ala. Francis Fukuyama, quien ha atribuido a ese “capital” intangible una importancia crítica para el funcionamiento de las sociedades, sugiere que la confianza opera como una suerte de correctivo de las tendencias nihilistas implícitas en la “lucha por el reconocimiento”. Esa que, en su expresión más extrema y más hostil, anticipa la guerra hobbesiana de todos........

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