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Postal a Enrique Gorriarán Merlo

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21.09.2026

La primera vez que vi a Enrique Gorriarán Merlo fue sentado en un sillón con un semblante agudo, en franca actitud de oyente sigiloso, como si pretendiera atrapar en el aire cada signo, cada palabra, incluso cada gesto de su interlocutor, el entonces embajador venezolano en Argentina, Roger Capella.

El susurrante diálogo entre ambos fue suspendido al momento de mi entrada a la sala, como era mi costumbre cuando pisaba el umbral del despacho y, desde allí, con una mirada fugaz, sabía cómo estaba el semblante y la psiquis del jefe, de la distribución y carácter de la agenda de trabajo, y también de sus antojos por las chucherías con las que desayunan o meriendan algunos porteños.

Roger y yo somos amigos desde el siglo pasado, y ambos aprendimos a comunicarnos con el lenguaje que permiten los leves movimientos de los ojos y las comisuras de los labios.

Esa mañana invernal me detuve en el marco de la puerta a olfatear el recinto y al visitante, y Roger, risueño y anhelante, extendiendo sus brazos hacia mí, dijo: «…y este es Federico».

Desde ese momento comprendí que se trataba de un viejo amigo por conocer, de «uno de los nuestros», para decirlo con ese familiar lugar común que nos identifica como compañeros de viaje.

Desde entonces con Enrique nació –lo que fue hasta la mañana del 23 de septiembre de 2006, cuando........

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