El testigo único: cuando la justicia depende de una sola voz
En muchos procesos penales por delitos de género, la justicia no se construye con abundancia. No hay cámaras, no hay grabaciones limpias, no hay una fila de testigos esperando a declarar. Lo que hay, casi siempre, es una sola persona sentada frente al juez, sosteniendo con palabras un hecho que ocurrió puertas adentro. La prueba, en estos casos, no llega en plural: llega en forma de relato.
El llamado “testigo único” suele generar incomodidad en el sistema penal. Produce desconfianza, exige cautela, despierta prevenciones. Se le mira con lupa, como si la soledad probatoria fuera, en sí misma, un defecto. Sin embargo, en los delitos de género esa soledad no es una anomalía procesal, sino una consecuencia directa de la forma en que se cometen estos hechos: en espacios íntimos, lejos de miradas ajenas y rodeados de silencios impuestos.
Existe un mito persistente en la justicia penal: el del testigo ideal. Se espera que quien declara lo haga sin vacilaciones, sin contradicciones, sin emociones desbordadas, con una memoria intacta y un discurso lineal. Se olvida, con frecuencia, que el miedo no narra en orden cronológico y que el dolor no siempre recuerda con precisión milimétrica. En los casos de violencia de género, exigir ese estándar genérico de prueba es desconocer cómo opera el trauma y cómo el poder y la intimidación alteran la forma de contar lo........
