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La vida no espera a los indecisos

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12.03.2026

Hay personas que pasan la vida entera esperando el momento perfecto. El trabajo ideal. La pareja correcta. La señal inequívoca. El día en que todo esté claro. Y mientras esperan… la vida sigue avanzando.

Porque hay algo que mucha gente no quiere aceptar: no decidir también es una decisión.

Cada vez que pospones una conversación importante, decides.

Cada vez que no cambias de trabajo, aunque sabes que estás agotado, decides.

Cada vez que callas cuando deberías decir algo, decides.

La vida no se detiene mientras aclaras tus dudas. La vida sigue, con o sin tu consentimiento.

Tomar decisiones no es fácil. Nunca lo ha sido. Decidir implica renunciar. Implica asumir riesgos. Implica aceptar que uno puede equivocarse. Y ese miedo paraliza a muchas personas. Prefieren quedarse en el limbo, en la eterna evaluación, en el “déjame pensarlo un poco más”.

Pero hay una verdad incómoda: la indecisión prolongada suele ser una forma elegante de miedo:

Miedo a perder. Miedo a fallar. Miedo a que las cosas no salgan como imaginamos.

Sin embargo, las personas que avanzan en la vida no son las que siempre toman decisiones perfectas. Son las que deciden. Punto.

El empresario que abrió su negocio sin tener todas las respuestas.

La mujer que terminó una relación que ya no la hacía crecer.

El joven que escogió una carrera sin tener certeza absoluta.

Ninguno tenía garantías. Pero tomaron una decisión.

Porque cuando decides, algo poderoso ocurre: la vida empieza a moverse. Aparecen caminos, oportunidades, aprendizajes. Incluso cuando te equivocas, ganas claridad. Sabes qué no funciona, qué no quieres, qué debes ajustar.

En cambio, cuando no decides, todo se queda congelado. Y la parálisis termina siendo más costosa que cualquier error.

En consulta, muchas pacientes llegan angustiados buscando la decisión perfecta. Como si existiera una fórmula secreta que eliminara el riesgo. Pero la madurez emocional no consiste en eliminar la incertidumbre; consiste en aprender a caminar con ella.

Decidir es un acto de responsabilidad con la propia vida.

Significa dejar de culpar a las circunstancias, a la política, a la familia o al pasado. Significa asumir el timón.

¿Te puedes equivocar? Claro. Todos nos equivocamos.

¿Algunas decisiones traerán consecuencias difíciles? Sin duda.

Pero hay algo peor que equivocarse: quedarse toda la vida en pausa.

Así que tal vez la invitación es más simple de lo que parece: decide. Lo que sea, pero decide. Cambia de rumbo, habla, arriesga, intenta.

Porque al final, la vida no premia a los que lo tenían todo claro. Premia a los que tuvieron el coraje de moverse.

Y si aun así decides no hacer nada, está bien.

Solo recuerda algo: eso también fue una decisión.

Bienvenidos a la clínica del alma.


© Vanguardia