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La curiosidad no envejece y la ciencia no debería ignorarlo

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29.06.2026

En Una historia verdadera (David Lynch, 1999), Alvin Straight atraviesa más de quinientos kilómetros subido a un viejo cortacésped para reconciliarse con su hermano enfermo. La imagen resulta casi absurda al principio. Un hombre anciano, con movilidad reducida y la vista deteriorada avanza lentamente por carreteras infinitas mientras el mundo entero parece moverse a otra velocidad.

Lynch convierte esa lentitud en una forma de conocimiento. A cada parada, Alvin habla poco y escucha mucho. Cuando lo hace, sus palabras tienen el peso de los años. En ellas, la guerra, la familia, la culpa y la pérdida encuentran su lugar. Sencillamente, ha vivido mucho.

Ahí se revela una de las grandes cegueras de nuestra época, en la que confundimos rapidez con inteligencia y juventud con capacidad de aprender. Mientras la sociedad celebra la velocidad, las personas mayores siguen caminando con algo mucho más difícil de adquirir: la perspectiva.

Leonard Cohen escribió en su canción Anthem que “there is a crack in everything, that’s how the light gets in” –en todo existe una fractura, así es cómo penetra la luz–. La vejez también está llena de grietas y, sin embargo, a menudo olvidamos que es en esta etapa donde más vivencias y sabiduría se acumulan.

La edad, lejos de restar valor, se convierte en uno de los lugares donde el conocimiento adquiere más sustancia. ¿Por qué seguimos entonces construyendo buena parte de nuestras actividades culturales, educativas y científicas como si la curiosidad tuviera fecha de caducidad?

Aprendizaje durante toda la vida

El envejecimiento poblacional es uno de los grandes fenómenos estructurales del siglo XXI. La Organización Mundial de la Salud estima que, para 2050, más de una quinta parte de la población mundial superará los 60 años.

Sin embargo, esta nueva realidad convive todavía con una interpretación de la vejez........

© The Conversation