No soporto más el ruido
—Disminución del volumen de la música ambiente o apagado total de las radios internas.
—Atenuación de la iluminación en diversas secciones del supermercado.
—Reducción de anuncios por altoparlante.
Tres medidas que, quien escribe, una persona que no ha sido diagnosticada con ningún tipo de neurodivergencia, agradece profundamente y agradecería que se extendieran mucho más allá de donde están hoy.
Son parte de la “Hora silenciosa” que implementó Unimarc en todos sus locales del país. Una hora, de 15 a 16. La información, publicada por The Clinic a principios de semana, me alegró y me ha hecho creer que en la ciudad, donde el ruido es inexorable, tal vez podamos consensuar de una buena vez que es contaminación, que hace mal y que a algunos les hace peor.
El bochinche permanente es insoportable. No entiendo la devoción que tienen todo tipo de tiendas por la música fuerte o el locutor en altoparlante. ¿Es tan difícil entender que todo sonido que no eliges es ruido? Una canción de Chayanne puede ser lo máximo para quien la puso o para un fan. Para todo el resto, en un espacio público, puede ser el infierno. Cafés, restaurantes y salas de espera, con música o TV —eso es peor— a todo volumen, mientras debes subir la voz para hacerte entender. Esos escenarios, tan habituales lamentablemente, impiden perderse en uno mismo o en la conversación, y sacan a la señora cascarrabias que hay en mí.
No tengo problemas en quejarme. Me parece una medida de autoprotección. Igual, a veces, me traiciono. El domingo pasado, sin ir más lejos, me hice las manos en un mall. En el local sonaba música por los parlantes de pared y quien me atendió escuchaba otra con el celular. Una hora de aguante para no caer mal. Salí tensa, contrariada, con esa clase de cansancio que no se explica bien.
Espero olvidar y perdonar, a sabiendas de que hay ruidos que no se olvidan jamás. La sonareja de la puerta de la cocina en mi casa materna es uno. Otro, el de autos, bocinas y motores de las micros que se detenían justo frente a las ventanas del departamento en que vivía a los 32 años, en una avenida de alto tráfico. Llevaba unos años instalada allí y fue solo a mi séptimo mes de embarazo que todos esos ruidos penetraron en mi cabeza, especialmente durante las noches. Llegó el momento en que no lo soporté más y terminé durmiendo en el suelo de la cocina. El lugar más silencioso que encontré fue mi refugio durante unas sesenta noches. Han pasado casi veinte años, no vivo allí hace 17, y recuerdo esas cerámicas con una precisión que no tengo para muchas otras cosas de esa época.
Sigo viviendo en departamento, ahora en condominio, y las únicas asperezas que he tenido con mis........
